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Memorias

  El grupo de cuatro caminaba por la cueva, sin mucho más que hacer mientras esperaban a que pasara aquel gélido invierno. El aire era fresco, con un ligero aroma a piedra húmeda y hierbas secas, y las paredes —aunque oscuras— estaban decoradas con viejas reliquias, tapices rotos y vitrinas llenas de curiosidades que reflejaban la luz tenue. Para abrirse paso entre las sombras, Zein alzó su mano y murmuró un hechizo que Kio le había ense?ado. Una peque?a esfera luminosa nació en su palma, lanzando destellos cálidos que danzaban en las paredes como si tuvieran vida propia.

  Mientras avanzaban, Kio se detuvo de golpe frente a una vitrina. Tras el cristal descansaba un collar magnífico, trabajado con oro y plata entrelazados. En su circunferencia, cinco piedras preciosas se alineaban, cada una brillando con un color distinto. Peque?as perlas lo adornaban como gotas de rocío, y en el centro resplandecía un zafiro de un azul profundo que parecía contener un cielo estrellado.

  A la derecha, un cuarzo citrino brillaba con un tono dorado y alegre, junto a un diamante puro que devolvía cada rayo de luz en mil reflejos. A la izquierda, un rubí rojo intenso destellaba como fuego vivo, acompa?ado de un cuarzo pálido que casi se confundía con el cristal.

  Kio sonrió, y su cola empezó a moverse sin que pudiera evitarlo.

  —Qué recuerdos… —dijo con un deje de nostalgia—. Aún recuerdo todo lo que Araphor gastó para comprárnoslo a todos.

  Zyteg soltó una carcajada profunda que resonó en las paredes.

  —Sí, y también recuerdo que tuvimos que alimentarlo por semanas después de eso. ?El pobre se quedó sin una sola moneda!

  —Era un bobo —rio Kio.

  —?Quién era él? —preguntó Zein, inclinando la cabeza con curiosidad.

  —?Araphor? —repitió Kio, sonriendo—. Era un muy buen amigo… y un bobo también.

  Zyteg asintió, divertido.

  —?Recuerdas cuando me lo presentaste por primera vez? El muy tonto no dejaba de temblar frente a mí. Y tú, mientras tanto, parada ahí, toda orgullosa.

  Kio soltó una risa ligera.

  —Bueno, no era precisamente el más valiente en ese entonces, jajaja. De hecho… esto me recuerda a aquella vez que caminábamos por tu misma cueva. Aunque debo decir, en ese tiempo se veía mucho menos... decrépita.

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  —Bueno, ya pasaron bastantes a?os desde que alguien me viene a visitar, y mi cuerpo no está hecho para limpiar esta cueva —dijo Zyteg encogiéndose entre sus alas, como si se encogiera de hombros.

  —Perdona —respondió Kio con una peque?a risa.

  —No, estoy seguro qué estuviste haciendo tus misiones durante estos cuarenta a?os, pero no puedo obligarte a quedarte con un dragón tan viejo como yo —suspiró Zyteg, dejando escapar un leve humo por la nariz.

  —?Viejo? Si tenemos casi la misma edad. Es como si me dijeras vieja a mí también —le replicó Kio, mirándolo con una sonrisa pícara.

  —?Araphor era alguien fuerte? —preguntó Lyra con curiosidad, inclinando la cabeza mientras sus ojos brillaban por la historia.

  Kio y Zyteg se miraron durante un momento, en silencio.

  —Claro que no —dijo Kio al fin.

  —Era uno de los más fuertes que jamás conocí —replicó Zyteg al mismo tiempo.

  Ambos se quedaron mirándose, y luego estallaron en carcajadas.

  —?Claro que no era fuerte! ?Qué acaso nunca lo viste? —rio Kio, limpiándose las lágrimas.

  —Parece que fuiste tú quien no lo vio, aun siendo su maestra —respondió Zyteg, alzando la voz con orgullo—. Logró convertirse en el primer maestro de la espada del coloso con tan solo dieciséis a?os. ?No te parece increíble?

  Kio cruzó los brazos y chasqueó la lengua.

  —Lo recogí como discípulo en ese tiempo porque creí en su potencial. Pero a pesar de eso, era un cobarde —dijo, encogiéndose de hombros.

  —?Era el más fuerte de todo el continente! —exclamó Zyteg, con las cejas fruncidas.

  Kio sonrió de lado, divertida.

  —?No recuerdas cuando estábamos explorando una cueva por diversión? Se encontró por primera vez con un Raja y salió corriendo como si le persiguiera la muerte. No fue hasta que le explicamos que era un monstruo pacífico —que ni una mosca da?aría— que se dio cuenta de su error. Jamás vi a alguien tan rojo de vergüenza.

  Zyteg abrió la boca para responder, pero solo alcanzó a decir:

  —Ah… bueno… —y se rindió con una risa leve.

  El grupo siguió caminando entre túneles irregulares, envueltos por el eco de sus pasos. Las luces mágicas iluminaban estalactitas que brillaban como cristales, y el murmullo del viento se filtraba entre las grietas. De pronto, en una intersección, Zein y Lyra tropezaron y cayeron al suelo con un grito.

  Kio y Zyteg se adelantaron para ver qué había ocurrido… y se encontraron con una manada de Raja, descansando tranquilamente bajo una luz azulada que se filtraba por una grieta. Las criaturas, de ojos grandes y cuernos curvos, los miraban curiosas mientras masticaban hierbas congeladas.

  Al ver la escena, Kio y Zyteg no pudieron contener la risa.

  —Justo de lo que estábamos hablando… jajaja. ?Cómo van a asustarse por unos Raja? —rió Kio, doblándose de la risa.

  —?Vamos! —protestó Zein, apenado—. ?Se ven horribles!

  Mientras tanto, los Raja, tranquilos y juguetones, se acercaban a lamerles la cara, moviendo las colas con entusiasmo. Kio y Zyteg simplemente no pudieron parar de reír, mientras los hermanos intentaban apartarlos sin mucho éxito.

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