**Punto de vista de Kanea**
Caminando por la calle, mis manos sudadas me recordaban lo que debía hacer. La sequedad en mi garganta retorcía las palabras que quería expresar y la imagen de la sacerdotisa negándose llenaba mi imaginación. Cruzo por la plaza donde, hace tan solo unos días, el bullicio de las personas festejando por la oportunidad de tener esperanza fue reducido a un silencio que me empuja a caminar más rápido. Al pasar frente a las puertas del salón donde se llevan a cabo las reuniones entre Daina y los líderes de este lugar, puedo escuchar el ruido de las quejas, lo que sacude la voluntad que logré reunir en el camino hasta aquí.
Al abrir las puertas, el rostro de la sacerdotisa, concentrada en los pacientes como si eso fuera lo único que importara, sigue ahí. Su expresión de determinación y preocupación la envuelve y la derrama sobre aquellos que permanecen en la cama, aún sin despertar. Al voltear su mirada hacia mí, me nota y su rostro cambia a una expresión de alivio mientras deja al paciente con una delicadeza casi maternal.
—?Cómo está Víctor? —pregunta la sacerdotisa, tomando mis manos.
—?Cómo sabe...?
—Mi ni?a, soy vieja y no hay mucho que los ni?os me puedan ocultar. Además, tu rostro se ve un poco más relajado —se burla, acariciando mi cabeza.
—él está... creo —digo, sin mirarla a los ojos.
—Pero... —sonríe.
Suelto un suspiro y organizo la petición que me hicieron cumplir, observando su rostro cansado.
—Necesito pedirle un favor... necesitamos tus bendiciones, todas las que puedas reunir en unos días en... en las armas.
—Pero...
Antes de que pueda continuar, la interrumpo, acelerando mis palabras como si eso pudiera hacerlo un poco menos difícil.
—No son para usarlas en personas, son para usarlas en esa cosa... entiendo lo que eso implica, pero usted debe entender que no se pediría si no fuera...
—Lo haré —habla con tranquilidad, como si estuviera opinando sobre algo común.
Con un asombro que no puedo ocultar, la sacerdotisa continúa.
—?Qué sabes de los apóstoles de la luz, mi ni?a?
—...Son personas que ayudan.
—Ja —sonríe, como si escuchara algo gracioso—. Y sobre nuestras reglas...
—Tienen prohibido da?ar a cualquiera —respondo, bajando la mirada.
—Con eso basta. ?Podemos hablar en otro lado?
—Yo no creo —trato de negarme.
—Considera eso mi condición para aceptar —extiende su mano con una sonrisa que no llega a su rostro.
Sin poder negarme, asiento con la cabeza y comenzamos a caminar por las calles que ya había recorrido, en un silencio incómodo que ninguna de las dos quiere romper.
—?A cuántos siervos de la luz conoces? —pregunta la sacerdotisa sin dejar de mirar al frente.
—...Solo a una. Es lo más cercano a una hermana que voy a admitir.
—?Alguna vez te ha dicho por qué algunas siervas de la luz están solas, sin compa?eros o familia?
—Ella no habla mucho de eso, pero... destierro.
—Deserción —continúa la sacerdotisa—. Si alguien es desertor, puede ser por diferentes razones, y en ambos casos no son permanentes de la iglesia. Pero las reglas y el poder se vuelven cadenas.
—Es por eso que te llaman chamana y no sacerdotisa.
—Bueno, los desertados son llamados errantes. Los títulos que una vez tuvimos, sin importar cuál tengamos, son arrebatados y nunca más podemos ser referidos ni usar el poder que conllevaba el título.
—?Pero cómo ellos podrían saberlo?
—Bueno, eso es algo curioso... ?recuerdas el amor de tu madre, padre, hermanos o amigos?
—Sí —respondo, con un nudo en la garganta al recordar ese rostro que he tratado de enterrar.
—A pesar de lo lejos que estés, ese amor estará contigo. Y en algún momento, cuando todo lo que has recolectado, tu nueva... fe o amor, se pierda, ese amor podría guiarte o evitar que te pierdas en ti misma. Ellos saben que esa fe evitará que usemos ese poder para da?ar a lo que una considera familia.
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Como si hubiera tocado un punto sensible, la mirada de la sacerdotisa se pierde en recuerdos a los que no puede llegar.
—...Cuando ves cosas para las que no estás preparada, tus creencias podrían... bueno, supongo que ya dije demasiado —se ríe, tal vez burlándose de sí misma.
—Yo... —trato de formular algo que pudiera apoyarla o aliviar su carga.
—No te preocupes, ni?a, no estoy buscando respuestas. Ya encontré una que al menos me consuela.
Deteniéndome en nuestro andar, me forzo a sonreír, sabiendo que ella lo notará.
—Gracias, sacerdotisa.
Con un silencio que dura demasiado, la risa de la sacerdotisa lo rompe, relajando el ambiente.
—Ve con ese cordero perdido; necesita a su familia. Yo debo ir a hablar con Zael para preguntar los detalles.
—Yo no soy...
Sin dejarme terminar, la sacerdotisa me deja atrás. Antes de poder seguirla, un ligero escalofrío me hace voltear. Sin darme cuenta, el lugar donde se encuentra Víctor está presente ante mí; casi como un susurro expreso:
—Esto es complicado...
Tiempo después...
Frente a la puerta, el viento que presagia lluvia da una sensación extra?a en el ambiente. Los árboles se mecen de una manera sutil pero uniforme, reforzando la sensación en mi pecho.
—?Estás bien?
Una voz me saca de mis pensamientos. Al voltear, un rostro conocido me saluda.
—Falu... hola —saludo con tropiezo.
—?Y Víctor? —pregunta Falu, mirando a su alrededor.
—Aún no llega... supongo que llegué muy temprano —me río.
—No... pensé que era una persona puntual. Es bueno saber que no es bueno en todo.
—?Bueno en todo?
—Aún no me deja conocerlo bien, pero me transmite una soledad cuando estoy junto a él.
—?Soledad? —pregunto, con una cara de sorpresa.
Al mirarlo a los ojos, un rastro de preocupación asoma en su mirada y la pregunta sale sin querer.
—?Estás bien?
—?Eh?
—Es solo que te ves algo preocupado —explico, sin poder mantener la mirada en sus ojos.
—Bueno, es que mi padre ha empeorado —responde, soltando un suspiro.
—?Por qué no te...?
—Fue por él... él me pidió que pusiera a mi pueblo en primer lugar, es lo que ella hubiera querido.
Antes de que pudiera responder, los pasos de una persona se escuchan detrás de nosotros. Al voltear, Víctor llega hacia nosotros y, con unas cuantas palabras, decidimos comenzar nuestras travesías.
Pasado un buen rato, el sol pasó su punto más fuerte y el ruido de los insectos que nos rodeaban comenzó a sentirse con más fuerza, acompa?ando el cansancio de horas de caminar. La humedad y la acumulación de diferentes tipos de plantas empezaron a dificultar nuestro caminar.
Entre el silencio, las preguntas de Falu comenzaron a aflorar y una de ellas me llamó la atención: ?Lágrimas de la fuente?
—Pero también lo dicen de una mujer —interrumpo.
Y como si no me escuchara, Víctor solo sonríe y continúa con la historia.
—Algunos ubicaban la historia en un continente del otro lado del mundo, en uno de los reinos olvidados, que fueron consumidos para los que hoy son... bueno, supongo que eso ya debe ser obvio
—sonríe Víctor.
—Continúa —pide Falu mientras seguimos nuestro camino.
—En ese momento, la lucha por territorio era cosa común. Nadie podía ganar más de lo que perdía y los que estaban en la cima ganaban por las luchas, no por los territorios. Y en medio de ese caos, un hombre apareció... un hombre del cual se desprendió el título vendido por el maná.
—Algunos decían que su talento era comparable al de las épocas olvidadas, un talento capaz de ser considerado único —agregó, invadiendo su espacio personal para aligerar el ambiente.
Riéndose, Falu me empuja juguetonamente, con una soltura que nunca había visto desde que llegué aquí.
—Ese hombre logró reunir a guerreros, construyendo un ejército que, tiempo después, se transformó en un imperio capaz de rivalizar con reinos ya establecidos —continúa Víctor.
—?él era un combatiente? —pregunta Falu, con una curiosidad comparable a la de un ni?o.
Riéndose, Víctor responde:
—Nadie lo sabe realmente. Algunos dicen que era un guerrero, otros que era un invocador, pero lo único que tienen en común es que, cuando entraba en combate, era capaz de cambiar las cosas a su favor.
—No entiendo. ?Cómo alguien que tiene semejantes características podría perder?... ?vejez? —pregunta Falu, aún más curiosa.
Aumentando mis sentidos con maná, la figura de un animal con una boca larga y una cola cubierta de pelos en forma de púas y llamativos olores emanando de unas plantas a varios metros de mí, casi como un susurro, interrumpo:
—Un sagreso.
Como si hubieran escuchado algo sorprendente, Víctor y Falu se detuvieron y comenzaron a ver a su alrededor, hasta que el primero me miró.
—?A cuántos metros está?
—No mucho, no debo concentrarme tanto para notarlo.
—?Cómo lo notaste? —pregunta Falu.
—Casualidad... solo activé mi maná y lo noté... tal vez se lleve en unos minutos.
—Es se?al de que estamos cerca de la frontera entre las profundidades del bosque —agrega Falu, mirando esperanzada al frente—. Debemos incrementar el paso —ordena Víctor.
Con un asentimiento mutuo, aceleramos el paso. El tiempo se vuelve difuso por la espesura de los árboles cubriendo el cielo, hasta que la luz comenzó a desaparecer y el cansancio se hizo sentir.
Sin embargo, ninguno de nosotros trató de detenerse, hasta que la figura de un árbol más grande que los demás se hizo presente. Algo casi sutil pero imponente. Al ver el rostro de esos dos ni?os, la cara de Víctor reflejaba un toque de respeto, mientras que la de Falu mostraba asombro, más parecido al de un ni?o, contrastando de manera graciosa.
—Si pudieran ver su cara... debemos continuar, el sol se está poniendo —ordeno.
Con un asentimiento, ambos comenzaron a caminar tras de mí en silencio, hasta que ese primer árbol comenzó a aparecer con mayor frecuencia, hasta lograr ver uno con hojas que dividen su corazón en dos caminos y cuya base era ligeramente más oscura que los demás.
—Abel —susurro.
—Ahora deberías ver la tuya —se burla Víctor.
—Cuf, cuf... bueno, ahora... —trato de cambiar de tema.
—Descansar y ma?ana tomar las raíces para llegar a casa —agrega Víctor.
Con un asentimiento, Falu comienza a recoger raíces del suelo y, sin poder decir más, ayudo a ordenar el lugar donde pasaremos la noche, colocando unas cuantas raíces en el suelo y una fogata en medio de nosotros. Le dimos la bienvenida a la noche que se estaba aproximando.
Entre el ruido de los insectos y los animales que nos miran por curiosidad, una historia llegó a mí.
—?Sabían que estas hojas cambiaron su forma por el amor de una mujer? —opino casi de la nada.
—?Amor? —pregunta Víctor.
—?Cambio? —agrega Falu.
—Es una historia que me contó Emma hace tiempo. Es sobre el origen del árbol Abel.
—No sé si debamos... —trata de negarse Falu.
—Es una buena manera de pasar la noche —anima Víctor.
Un asentimiento de cabeza me dio pie para continuar.

