A pesar de haber nacido y sido celebrada como en los cuentos de hadas... ?Ja! No era así. Esa fastuosa fiesta de bienvenida no era un final feliz, sino el escalofriante comienzo de algo mucho más duro. Era el inicio del precio de ser la princesa de Hai tendría que pagar por nacer en la realeza.
I. La Tranquilidad Rota
La Reina Ishtare estaba en la terraza a la caída de la tarde, acunando a Lizarel con el cari?o y la entrega de una madre recién estrenada. Su voz era un hilo de seda pura, cantando una nana antigua de Moab.
—Duerme, que el cielo escucha tu tranquilidad. Duerme, mi princesa, que tus sue?os sean como una estrella...
Natif se acercó con sumo cuidado.
—Soberana, disculpe. Le traje esta cobija que me pidió y el amuleto.
—Bien, ponla en su cuna —dijo Ishtare, sin dejar de mecer a la ni?a.
Lizarel dormía plácidamente.
—Parece que su hija duerme tranquilamente —murmuró Natif, conmovida por la escena.
—Lo sé. Es muy tranquila. Se parece a mí: el mismo cabello casta?o, y los mismos ojos azules —dijo Ishtare, con orgullo.
—Será como usted, mi Soberana: buena y generosa.
—Yo sé que sí. Lo será. Sh, sh, sh...
Ishtare depositó a Lizarel en la cuna con infinita delicadeza. Luego, tomó un peque?o objeto.
—Trajiste el amuleto de protección, ?verdad?
—Sí, mi Soberana.
—Es hermoso. Este amuleto la protegerá de todo mal, como los espíritus malignos enviados por Dagón. La Princesa Lizarel siempre será protegida.
Ishtare colgó el amuleto sobre la cuna, el gesto cargado de una promesa solemne.
—Lizarel, que los dioses te protejan.
Acarició la cabecita de la ni?a, que dormía como un ángel. El amor maternal de Ishtare era la única pureza en aquel palacio político y frío.
II. La Alianza del Trono
En la Sala del Trono, la escena era drásticamente diferente: seria, fría, enfocada en el poder.
—Soberano —dijo el comandante Kher, inclinándose.
—?Qué te trae por aquí, comandante?
—Perdón por la molestia, pero es algo urgente.
—Dilo de inmediato. Mi paciencia es poca.
—El Rey Zekeriel de Jericó vino con sus tres hijos. Están entrando al palacio.
—Pues bien, déjalos pasar —ordenó Yusuf.
Las puertas se abrieron, y entraron el Rey Zekeriel y sus hijos.
—?Oh, mi amigo! ?Cuánto tiempo! —exclamó Yusuf, forzando una sonrisa cálida.
—Amigo, cuánto tiempo —respondió Zekeriel.
—Ellos son tus dos hijos... y tu hijo más peque?o.
—Sí. él es Hadad, Nikkal, y mi último hijo, Hadram. Hadram tiene solo cuatro a?os. Los mayores ya tienen doce.
—Entiendo. Pero ?qué te trae por aquí, amigo mío?
—Bueno, vine porque supe que nació una ni?a, una heredera al trono de Hai. Si me entiende...
—Claro. ?Viniste por la celebración de mi hija?
—Sí, pero vine por algo más —dijo Zekeriel, con una sonrisa sagaz.
—Dígame, ?a qué vino? —preguntó Yusuf, con la curiosidad de un cazador.
—Vine a hacer una alianza.
—?Alianza, ?eh? Eso me interesa. ?Qué tipo de alianza y cuál es?
Los ojos de Zekeriel brillaron. —Ya que tu hija es recién nacida, decidí hacer una alianza de matrimonio. Con un matrimonio arreglado y la alianza, estaremos más unidos, para vencer a cualquier enemigo. ?Qué te parece?
Yusuf dudó. —Buena propuesta, pero ?con cuál de tus hijos? Tus dos hijos tienen doce a?os. Tendría que esperar hasta que mi hija tuviera la edad suficiente para casarse.
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Zekeriel soltó una risa seca. —No te preocupes. No serán ellos. Será él.
Zekeriel se?aló a su hijo menor, Hadram. El ni?o de apenas cuatro a?os dormía plácidamente en brazos de su hermano Hadad, completamente ajeno a que su vida estaba siendo vendida.
Yusuf meditó un instante, el silencio llenó la sala. El destino de Lizarel pendía de un hilo.
—Dime, ?aceptas mi propuesta? —presionó Zekeriel.
—Jajaja, claro que acepto. Hagamos el contrato.
—Sabía que ibas a aceptar.
Mi padre hizo esa alianza cuando yo era una recién nacida. Pero dime, ?crees que sigue siendo un cuento de hadas? Ja. Aún te falta mucho saber que todo lo que llaman cuento es, en realidad, el inicio de una pesadilla. Lo que te contaré es mi historia, la primera de muchas. Prepárate.
III. La Furia de la Reina
En sus aposentos, Ishtare tejía una peque?a cobija.
—Esta cobija se la hice yo. ?No es linda? —dijo, sonriendo.
—Sí. Usted sabe tejer como nadie —dijo Natif.
—Mi madre me ense?ó. Lo hago por mi hija. Lizarel lo es todo para mí.
—Se nota que la quiere tanto como una madre —dijo Natif, conmovida.
En ese instante, Lizarel, que había despertado, comenzó a llorar.
—Hablando de Lizarel, despertó. ?Qué pasa, hija?
Ishtare la tomó en brazos. —Ya, mamá está aquí. ?Qué sucede? Ah, ya te hiciste. Tranquila.
Natif se apresuró. —Tome, Soberana.
—Hay que cambiarla. Se calma, ?eh? —dijo Ishtare, con voz tierna. Lizarel sonreía.
Entonces, el Rey Yusuf entró en los aposentos, con un rostro tenso y serio.
—Mira, papá llegó —dijo Ishtare.
—Puedo hablar contigo, amor —dijo Yusuf. —A solas. Hija Lizarel, peque?a...
Ishtare se volvió hacia su dama. —Natif, lleva a Lizarel, por favor.
—Claro. Ven aquí, peque?a. Epa, epa, vamos.
Natif salió, dejando a los Reyes a solas. La atmósfera de amor se había roto.
—?Qué pasa, amor? Dime —preguntó Ishtare, percibiendo la tensión.
—Te tengo una noticia. No sé cómo la tomarás, pero te la diré.
—Claro. Lo que tú decidas lo respeto, amor. Lo sabes.
—Bien. Vino mi amigo, el Rey Zekeriel.
—Sí, lo sé. ?Y qué necesitaba?
—Una alianza.
—Alianza. ?Qué bueno! ?De qué será?
Yusuf respiró hondo. —él quiso que la alianza fuera un matrimonio arreglado con nuestra hija.
Ishtare sintió un frío recorrerle la espalda. —?Con Lizarel! ?Ella es una recién nacida! ?Por qué, amor? Dime que no aceptaste. ?No me mientas!
—Sí — dijo Yusuf con seriedad
Ishtare sintió la sangre hervir. Su voz, normalmente dulce, se alzó. —?Amor! ?Es apenas una bebé! Es tu hija. No puedes hacer esto.
Yusuf se puso rígido, su rostro se endureció con la máscara de Rey. —?SOY EL REY! ?YO DECIDO CON QUIéN SE CASA! ?PUEDO HACER ALIANZAS Y PUEDO DECIR QUIéN VIVE Y QUIéN MUERE! —gritó.
—?SABES BIEN QUE ES TU HIJA! ?ELLA NO ES UNA MERCANCíA, ES HUMANA! —replicó Ishtare, furiosa.
—Dime algo: ?a ti no te hicieron lo mismo? En el reino no hay amor. Nadie se casa por amor, sino por política. Tú te casaste conmigo por política, no por amor. Recuérdalo.
La verdad, cruel y dolorosa, golpeó a Ishtare. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pero no quiero eso para nuestra hija...
—Lo sé. Pero esto no es un cuento de hadas, es la realidad. Lizarel nació para eso y nada más. Debo descansar.
Yusuf se quitó su corona y su ropa lujosa, dejando a Ishtare sola en medio del aposento, llorando en silencio. Su amado Yusuf había desaparecido; en su lugar, había un tirano.
IV. La Decepción y el Despido
En el Harén, Natif acunaba a la Princesa Lizarel.
—Tranquila, Lizarel. Tus padres te quieren mucho. Apenas eres una bebé. Ser de la realeza es difícil, pero sé que para ti será fácil, ?verdad?
Ishtare entró, sus ojos rojos e hinchados.
—Soberana, ?qué le pasó? ?Por qué está así? —preguntó Natif, preocupada.
—No sé cómo decirlo... Mi esposo hizo algo muy malo. El Rey Zekeriel llegó y quería una alianza.
—?Qué tipo de alianza? — pregunto Natif
—Un matrimonio arreglado. Y Yusuf aceptó. Lizarel, apenas una bebé que hace unos días estaba en mi vientre... Me dijo que él, como Rey, puede hacer cualquier cosa. Siento que ser de la realeza es ser una mercancía de política como sobrevivir en este poder, en este palacio.
—Soberana, yo siempre la voy a apoyar no importa las consecuencias lo que hizo su esposo el soberano no debió hacer eso, Lizarel es una bebé que aún no comprende que lo que está bien y que lo que está mal. Pero siempre la voy a apoyar siempre.
—Gracias, Natif. Eres más que una dama. Eres mi mejor amiga y siempre será así, gracias.
—Soberana, no merezco tales halagos.
—Lo mereces. Siempre lo serás.
Yo, Lizarel, siendo solo un bebé, entendí en ese momento que la amistad era lo más lindo...
Unos días después, era la despedida.
—Espero que nuestra hospitalidad fuera agradable —dijo Yusuf.
—No se preocupe, me sentí en casa. Me alegra que pronto tengamos alianza —respondió Zekeriel. —Soberana, disculpe mi insolencia, no había visto a la ni?a.
Ishtare, obligada a sonreír, le presentó a su hija. —No hay ningún problema.
—Es muy linda. Se parece a usted. Bella Lizarel, que los dioses siempre estén a tu lado. Mira, hijo, ?no es linda?
Hadram se acercó, poniéndose de puntillas al ver a la bebé.
—Es bonita. Felicidades —dijo el ni?o.
—Gracias, peque?o —respondió Ishtare.
—Pues bien, vámonos. Fue un gusto conocerla, y a su hija. Amigo, nos vemos pronto.
—Claro, adiós.
El Rey Zekeriel, sus hijos y la comitiva se fueron. Las puertas de la sala del trono se cerraron.
—Por fin se fue —dijo Ishtare, con voz seria.
—?Sigues enojada por el Rey? —preguntó Yusuf.
—Tú lo sabes. Lizarel es solo un bebé. ?Qué haremos cuando crezca?, va saber que su padre negocio su libertad por política ?eh?.
—Cuando crezca, entenderá. Se dará cuenta de que no todo es color de flores. Verá que la realidad es diferente, como las espinas —dijo Yusuf, con una frialdad que la traspasó.
Ishtare, aun cargando a Lizarel, sintió una profunda decepción. El hombre de quien se había enamorado, el romántico del jardín se había ido, reemplazado por un tirano calculador.
Ishtare se había casado con un Rey por amor. Pero el Rey se había casado con ella por política. Lizarel, la ni?a nacida de ese amor sería ahora el ancla de esa misma política. Y en algún lugar, un destino aguardaba, preparándose para algo más mayor. Lizarel aprendería el verdadero significado de las espinas.
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