Prólogo
Nadie sabe con certeza cuándo comenzó todo, pero siempre hubo un rastro de miedo: el Ojo del Rey. Dicen que la niebla oscura que envuelve el mundo fue tejida para cegar almas, aprisionar corazones y silenciar la esperanza. A lo largo de las eras, una niebla negra, tan pútrida como la ceniza, pudrió el aire, sofocó la luz y asfixió la vida misma.
Bajo este velo opresivo, se levantaron cinco grandes naciones, cada una gobernada por un monarca con iris violeta, ojos capaces de transmitir dolor y furia con una sola mirada. La humanidad dejó de definirse por el color de la piel y pasó a estar marcada por el color de sus ojos: el sello ineludible del destino.
Del Vacío primordial surgió una tierra de pesadillas, susurrada solo como el Continente Rojo. Allí, el Vacío dio a luz a criaturas aberrantes: bestias voraces, demonios sensibles y horrores indescriptibles que cazan humanos como presas, convirtiendo la carne en moneda. Incluso el nombre de ese lugar no debe pronunciarse en voz alta, por temor a profanar la propia alma.
Entre todos los iris de color, el más temido es la oscuridad absoluta: aquellos que nacen con los Ojos Negros del Vacío son considerados abominaciones y son ejecutados sin piedad. Durante milenios, reyes y súbditos han librado una cacería implacable contra los Ojos Negros.
En contraste, existen los Ojos Dorados, tan raros como el amanecer, que irradian paz, belleza y pasión. Solo aquellos bendecidos por el Dios Santo nacen con ellos, celebrados con canciones y oraciones desde su primer aliento, destinados a remodelar el destino de los reinos.
Es en este mundo en ruinas donde despierta Zack Fair, marcado desde su nacimiento por los Ojos Negros del Vacío. Su destino parece sellado: cazado por los emisarios del rey y perseguido por la misma oscuridad que fluye por sus venas. Sin embargo, una llama obstinada aún arde en su pecho, y ni siquiera el Vacío será capaz de extinguirla.

