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CAPÍTULO 32: DESORDEN

  CAPíTULO 32: DESORDEN

  Un barco se mecía suavemente sobre un mar en calma, con las velas atrapando la brisa con perezosa gracia. La noche era indulgente: la luna derramaba su luz sobre las olas ondulantes, y de vez en cuando alguna ave nocturna cruzaba el cielo, lanzando su chillido sobre las aguas en busca de presa.

  Pero en la cubierta no había lugar para la paz.

  —Demasiado hondo, capitán —escupió uno de los hombres, asomándose por la borda con el ce?o fruncido—. Ninguna red llega tan abajo. La mayoría de los esclavos que lanzamos se hundieron como piedras.

  —Así es —a?adió otro, secándose el sudor de la frente—, y los pocos que intentaron nadar no duraron mucho. Ninguno volvió a salir.

  Un tercero estalló en carcajadas, tambaleándose sobre sus pies, el aliento cargado de vino.

  —Por los dioses, sois unos necios. Decidme, ?qué loco manda a unos desgraciados medio ahogados a buscar algo en las profundidades, cuando quizá ni un río han visto en su vida, mucho menos el mar?

  Se apoyó en un barril y resopló.

  —Más valdría pedirle a las ratas que bucearan.

  —Pronto se nos acabarán los cuerpos —murmuró el primero con oscuridad—. Habrá que atracar en algún puerto y conseguir nueva mercancía.

  El borracho sonrió, se?alando con el mentón hacia la popa.

  —O mejor aún… mandad a ese delicado que el capitán guarda tan cerca. Es ligero. Tal vez flote.

  Todos giraron la cabeza.

  El joven permanecía apoyado en silencio contra la pared, brazos cruzados con fuerza, una bota descansando en la madera. La mandíbula apretada, la mirada fija en la nada. No se movió, no reaccionó. Solo sus dedos se curvaron un poco ante el insulto.

  El capitán, que había estado con ellos todo el tiempo, dio un paso al frente por fin. Una mano en la cadera, giró con teatralidad, la cola de su casaca ondeando tras él.

  Se encaró directamente al muchacho, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo. Los ojos del chico se encontraron con los suyos sin vacilar: firmes, fríos.

  El capitán ladeó la cabeza, su voz untuosa de insinuación.

  —Muchacho… tienes pinta de poder aguantar la respiración.

  El joven no respondió.

  El capitán se acercó un paso más.

  —Lo prometiste, ?no es así? Que serías el único en ayudarnos a sacar la joya de estas malditas aguas. Y bien lo sabéis todos: solo de noche podemos buscarla, pues es entonces cuando brilla azul en las profundidades. Bajo la luz del día su fulgor es casi invisible, y sería como lanzarse a ciegas. —Su tono se agudizó, ya sin diversión—. Y dime, ?cuántas noches han pasado desde que encontramos la maldita cosa?

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  La tripulación calló, entre divertida y expectante. El borracho soltó una risotada, pero nadie más habló.

  El muchacho se acercó a la borda y miró hacia el mar. Las olas se mecían constantes, profundas, reflejando los destellos plateados de la luna. Se quedó quieto, impenetrable.

  Detrás de él, la voz del capitán quebró el silencio.

  —Estás dudando.

  El muchacho no se volvió.

  —?Acaso no queréis que regrese?

  El capitán avanzó despacio, el tono cada vez más gélido.

  —Me fuiste útil cuando pensé que podrías traerla arriba. Pero han pasado noches y nada has hecho. Tus promesas valen mierda. ?De qué sirve un tesoro que no se puede alcanzar?

  El joven se giró para enfrentarlo, firme, la mandíbula apretada, su silencio más cortante que cualquier palabra.

  —Parecías tan seguro —continuó el capitán, entornando los ojos—. Como si ya tuvieras el modo. Y desde que llegamos aquí, no has abierto la boca.

  Algunos de los marineros murmuraron en acuerdo. Uno se echó a reír con malicia.

  Entonces el capitán se movió.

  Lo agarró del cuello de la camisa y lo atrajo hacia sí, a un palmo de su rostro.

  —?Me escondes algo, peque?a rata?

  El muchacho no parpadeó. Una leve sonrisa burlona se dibujó en la comisura de sus labios.

  —Cómo atreverme.

  Eso bastó.

  El capitán gru?ó y lo estampó contra la cubierta. El golpe resonó en la madera bajo la luz de la luna. El chico gimió, pero guardó silencio.

  —?Atadlo! —bramó el capitán—. Que se pudra en la oscuridad hasta que hable.

  Dos marineros se abalanzaron. Uno le soltó una patada en las costillas antes de arrastrarlo hacia la bodega. El joven no emitió un grito.

  Mientras lo arrastraban, tosiendo por el golpe, el capitán avanzó unos pasos tras él y se volvió hacia el resto de la tripulación, elevando la voz para que todos oyeran:

  —?Basta ya de lamentos! Estamos más cerca que nunca de la joya. Esta noche fondearemos. Descansad las manos, llenad nuestras reservas de cerveza… y buscad mujeres que calienten las horas.

  Unos hombres gritaron entusiasmados, otros rieron o se dieron palmadas en la espalda.

  La voz del capitán se alzó por encima de todos:

  —?Bebed, follad y dormid mientras podáis!

  El bosque engulló a Jana mientras el caballo la llevaba más adentro, las ramas azotando a su paso, la luz de la luna colándose en haces quebrados. Cuando por fin alcanzó la caba?a, su pulso retumbaba más fuerte que las pezu?as bajo ella. Se deslizó de la montura y empujó la puerta.

  Dentro, caos. El lugar había sido registrado: cajones volcados, cenizas de la vieja chimenea esparcidas por el suelo. No había nadie dentro, y muchas cosas no estaban en su sitio: objetos simples, papeles, cuyo contenido en ese momento era desconocido para Jana, podían ser tan importantes como triviales.

  Y en aquella quietud confirmó que no era un accidente, sino un designio de Edmund; el saqueo, tan poco después de la liberación de Jack, solo podía llevar su sello. Lo que importaba ahora era hacer un inventario de los objetos que alguna vez habían llenado aquel lugar, y de lo que faltaba.

  Retrocedió hacia el claro, aún con el pa?uelo cubriéndole el rostro, el cuerpo tenso por la inquietud. Sus ojos se movían a izquierda y derecha sin enfocar, como si su mente solo se aferrara a los pelda?os de la caba?a tras de sí. Al fin, arrancó el pa?uelo de su cara y lo dejó caer en su regazo mientras se dejaba caer sentada, los codos apoyados en los muslos, el aliento empa?ando el aire frío de la noche.

  Apenas lo notó—alguien, en lo profundo del bosque, había estado observando cada uno de sus movimientos.

  El instante en que reconoció el rostro de Jana, la sorpresa le cruzó fugazmente la cara. Pero se desvaneció con rapidez, sustituida por una sonrisa torcida, siniestra—curiosa, casi deleitada.

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