Mientras tanto, en la sede de los Semáforos en Chaco, Hammya se sometía a una revisión constante por posibles secuelas.
—Estoy aburrida —dijo por tercera vez, interrumpiendo el silencio de la consulta.
—Lo sé, ya me lo dijiste —respondió la doctora con un suspiro.
—…Estoy aburrida.
—Por Dios, ?puedes quedarte quieta, por favor?
Hammya miró a la doctora a los ojos, con la impaciencia a flor de piel.
—Estoy bien.
—No lo sabemos. Estuviste con los agentes, te torturaron. Es muy probable que tengas secuelas, y es mejor tratarlas a tiempo.
Hammya resopló. —?Cómo? Yo no sé cómo sentirme y, por lo visto, usted tampoco.
—Altanería —la doctora se puso las gafas y tecleó algo en la computadora—. Muy común en personas que afirman estar bien, pero que no lo están. Ya lo había visto antes.
—…Bien.
Hammya había sido torturada física y mentalmente. Los ni?os que salvaron esa noche salieron de la situación con diversos trastornos de personalidad y de estrés postraumático, incluyendo al único "adulto" que sobrevivió. Pero de todas esas personas, solo una no pareció sufrir ningún da?o: Hammya Saillim. Candado vio esto como un problema, como si su mente hubiera naturalizado la situación. A pedido suyo, Hammya tuvo que asistir al médico de los Semáforos, una orden que no podía rechazar. Era obvio que negarse no era una opción, así que, sin más, aceptó.
—Listo, con esto terminamos.
—Al fin.
—Conmigo. No con el inspector.
—?Demonios! ?Qué quiere?
—Dijo que quería verte para hacerte unas preguntas.
—?Eso es todo?
—Yo no me meto en su trabajo y él no se mete en el mío. Así es como funciona.
—Negligencia.
—Sí, sí, sí. Ya puedes irte, mi reina. Tengo pacientes que atender.
Hammya bajó de la camilla, recogió sus cosas y se dirigió hacia la puerta.
—No olvides venir ma?ana —le recordó la doctora.
Hammya se giró justo antes de que la puerta se cerrara por completo.
—?i?i?i ?iii?iiii —susurró para sí misma, con un tono burlón.
Cuando las puertas del gran pasillo se abrieron, el ambiente había cambiado. No había nadie. El silencio se sentía pesado, casi hostil.
—Espero que no sea nada.
Hammya se decidió a caminar por el pasillo hasta llegar a las puertas de las oficinas de mando. Fue entonces cuando una voz la detuvo.
—Oh, Hammya.
—?Quién?
Un hombre de mediana edad se materializó a su lado. —Oh, lo siento. Soy Gabriel. Creo que no nos presentamos formalmente.
—Sí, creo que te vi esa noche —dijo Hammya, tratando de recordar su rostro.
—Oh, vaya —respondió él—. En fin, ?qué te trae por aquí?
—Joaquín quiere verme.
—?Ah, sí? ?Genial! No creo que sea nada malo, es un buen chico.
—Ja, ja, eso espero.
—No te preocupes. En fin, me gustaría quedarme, pero tengo que volver. Si necesitas algo, puedes verme en la biblioteca.
—Gracias.
Gabriel le dio un apretón de manos. —Cuídate.
—Igualmente.
Gabriel se marchó, pero no dejó de observar su mano.
—Anuló mi percepción —susurró para sí mismo, fascinado—. Fascinante.
Por su parte, Hammya también observaba su propia mano.
—Sentí un cosquilleo en la mano. Qué sujeto tan raro.
Ella no había notado ni siquiera las intenciones de Gabriel.
—Hola —dijo Hammya, llamando a la puerta de la oficina de Joaquín—. Estoy aquí. Escuché que me llamaron.
La puerta se abrió y un rostro conocido la recibió. Era Ruth.
—Oh, Ruth, ?cómo andas? —preguntó Hammya, sonriendo.
Ella asintió con la cabeza, sin decir una palabra.
—Me alegro. ?Está tu jefe aquí?
Ruth abrió la puerta e invitó a Hammya a pasar con un gesto. Joaquín estaba de espaldas, mirando por la ventana.
—Con permiso —interrumpió Hammya.
—Pasa —respondió Joaquín sin girarse.
Cuando lo hizo, se encontró con una Hammya diferente, más madura.
—Veo que has cambiado un poco.
—La verdad sí. Pensé que estarías más sorprendido.
—La verdad es que no —dijo Joaquín, sentándose en su escritorio y haciendo un gesto para que ella tomara asiento.
—?Sucede algo?
—Sí, sucede algo.
—?Es malo?
—Ojalá no lo sea.
—?Qué?
—Dime, Hammya, ?quién eres en realidad?
—Hammya Saillim.
—Candado Catriel Ernést Barret, Joaquín Franco Barreto Gómez, Héctor Bonamico Ramírez… ?Solo Hammya Saillim?
—…Sí. Sé que es extra?o, pero así me llamo.
—Nacida en Entre Ríos, localidad Uruguay, en la calle Saavedra.
—Así es.
Joaquín sacó un informe y retiró una hoja.
—Ahora sé cómo eres cuando mientes —dijo, deslizando otra hoja sobre la mesa—. ?Qué tal si ahora me muestras cómo eres cuando dices la verdad?
—Sin registros… Vaya, no hay nada aquí.
—Esperabas encontrar algo más, ?verdad?
A case of content theft: this narrative is not rightfully on Amazon; if you spot it, report the violation.
Hammya sonrió con una inocencia forzada. —?Qué tal si dejamos de lado estos tontos parámetros de conversación?
Joaquín se apoyó en la mesa, su mirada se volvió más intensa.
—?Quién eres?
—Hammya Saillim. Ese es mi nombre.
—…Muy bien.
—Si no necesitas nada más, me retiro…
—No puedo dejar de pensar en las coincidencias desde tu llegada. Candado te salva de unos adolescentes. Cliché. ?Qué hacías en el bosque? He estado mucho tiempo en la Isla del Cerrito y jamás se reportó un caso de abuso. Sin mencionar que sabías muy bien dónde vivía Candado.
—Ya se lo dije. Mi padre…
—Tu padre dijo dónde estaba, sí. Leí la carta, es indudablemente su letra, pero la carta no dice nada relacionado con su casa. Por lo que yo sé, Rueda solo sabía que vivía en Resistencia. No había forma de que él supiera que vivía en la Isla del Cerrito. ?Se lo hiciste saber a Candado o solo desviaste su atención con esa carta?
—Piensa lo que quieras. Son solo conjeturas.
—Cuando atacaron los Semáforos, insististe mucho en venir. No… sembraste la idea de que te interesaba esta institución. Eso obligó a Candado a traerte. En el combate, después de afirmar que no sabías usar tu poder, los utilizaste para ayudarlo.
—Vaya, le das mucha rienda suelta a la imaginación. Casi suena a una conspiración.
—Tus registros son muy normales, pero, de la nada, cambian radicalmente. Asististe a una escuela primaria, luego ese registro se borra. Lo gracioso es que vas a esa escuela y tu nombre aparece, pero no figura que hayas hecho una sola clase. Sin embargo, están las firmas de los profesores de la cátedra. Luego, tu hogar: hay una calle y un número, pero ni siquiera existe la casa. Dices que tienes un vecino llamado Raymundo, pero, reitero, no hay ninguna casa por esa zona. Pero, por si fuera poco, unos meses después de tu partida, aparece un tal Raymundo, comprando un terreno en ese lugar. Es escalofriante, pero más escalofriante es esto: tu amiga es una ni?a llamada Amanda, hija de Raymundo.
—…?Y?
—Raymundo no tiene hijos. Bueno, no los tenía hasta hace unos meses, cuando salió con una mujer. Y esa misma mujer lleva, en este momento, cinco meses de embarazo. Decidieron llamar a su hija Amanda.
—…
—Es evidente que sabías lo que iba a pasar. Eso incluye el ataque a los Semáforos y el incidente de Buenos Aires. Se perdieron vidas en ambas catástrofes, vidas que pudieron ser salvadas si alguien hubiera predicho eso. Lo cual me deja pensando, ?qué otras calamidades van a ocurrir ahora?
—?Qué va a pasar ahora?
—?Ahora? No me interesa qué quieres lograr, pero te acercaste a Candado y me molesta. Puedes rehacer tu vida lejos de él. No te preocupes por la zona, me haré cargo de ello.
—Tonterías.
—?Disculpa?
Hammya se puso de pie, su expresión cambió por completo.
—Vamos, Joaquín, no quiero que hagas cosas innecesarias. Créeme, no estoy aquí para lastimar a Candado.
—Para alguien que miente y fragua sus registros, es difícil de creer.
—No estoy aquí para lastimar a Candado. Todo lo contrario. Quiero protegerlo, sin mencionar que… que…
—?Qué?
—Que… que lo amo.
Sus ojos, que parecían de cristal, se tornaron de un color rosado.
—Por eso, no importa lo que tenga que hacer, yo lo voy a proteger. No quiero volver a perderlo.
—?Volver?
—Quiero lo mismo que usted.
Joaquín supo que no iba a hablar de ello.
—…Lo que sea, pero te equivocas en algo. Yo no quiero lo mismo que tú.
—?No quieres protegerlo?
—él y yo somos amigos, pero nuestras diferencias sobre ciertas cosas nos distanciaron en un sesenta por ciento. Ya no es la misma amistad que teníamos antes, sino una más cordial y de compa?erismo.
Hammya notó en él una mirada de soledad. —?Si tan poco te importa, por qué quieres alejarme de él?
Joaquín se quedó mirando a la nada por varios minutos. La sala se sumió en un silencio incómodo para ella y para Ruth, quien seguía de pie en un rincón.
—…Tengo mis razones. Aún soy su amigo y quiero ayudarlo, por lo que tengo que hacer ciertas cosas por un juramento que hice.
—Entonces, ?me tengo que ir?
—Por desgracia, sí.
—?No puedo hacerte cambiar de idea?
—No. No es nada personal, pero habrá que hacerlo. Ves el futuro, ?no? Busca una forma de solucionar esto.
Hammya bajó la cabeza como una ni?a que acaba de ser rega?ada.
—Joaquín, por favor, no me alejes de él. No puedo contarte mi situación en este momento…
—En ese caso, con más razón.
Hammya alzó la cabeza y lo miró con súplica. —Por favor, te juro que no es nada peligroso para él.
—Pero para los demás sí, ?verdad?
—Eso… eso… depende.
—?Depende de qué?
—Son muchos factores. No puedo ver el futuro, ?sí? Solo lo que viví.
—Así que una viajera del tiempo. Otra que se perdió en el camino.
Joaquín se puso de pie. —No te preocupes. Wolltra Howard te ayudará a volver a tu tiempo, o si no, ese tal Delfandor Lunek lo hará, si eres de otra dimensión, claro.
—Por favor, te lo suplico, no me alejes de él.
—Deja ya de suplicarme. Nada cambiará y me estás empezando a hartar.
De pronto, la mesa se despegó del suelo y voló directo contra el techo, astillándose y cayendo por toda la oficina. Unas manos hechas de madera, con dedos afilados, se materializaron y se aferraron al cuello de Joaquín. Hammya, frente a él, tenía una mirada furiosa.
—Calma —dijo Joaquín, intentando mantener la compostura.
—?Ahora me tienes miedo? —Hammya habló con una voz tenebrosa.
—Dije calma.
Fue en ese instante que Hammya lo recordó: en la habitación no había dos, sino tres personas. Ruth Van Grace tenía los ojos inyectados en sangre y sus dedos estaban a unos centímetros de la nuca de Hammya. Temblaban, no de miedo, sino de ira y de una incesante lucha por controlar su impulso asesino contra aquella chica que consideró una amiga.
—Van Grace, desista ahora.
Ruth volvió en sí. Dudó, pero obedeció.
—Gracias —Joaquín miró a Hammya—. Veo que ahora muestras tus verdaderos instintos. Tienes suerte. Te habría matado. Ahora, si no te importa, suéltame.
Hammya sonrió.
—Me alegra que lo…
Lo agarró con más fuerza y lo estrelló contra el librero.
—?HMM…!
Ruth atacó.
—?Alto, Van Grace!
Los dedos de Ruth llegaron a da?ar la nuca de Hammya lo suficiente como para mostrar un leve sangrado verde.
—Hammya, soy consciente de que tienes sed de sangre y de que es probable que yo muera, pero eso no quiere decir que saldrás con vida. Ruth es peligrosa cuando se enoja. No quiero ser presumido, pero si muero, ella te matará de una forma brutal.
—?Piensas que me importa? Mírame. ?Acaso le temo a esa muda?
Ruth empezó a rechinar los dientes. Estaba luchando por…
—Mantén el control, Ruth. Mírame a mí, no a ella.
Hammya volvió a pegarlo contra el librero.
—Sé inteligente, Hammya. No saldrás de aquí si me matas. Pondrás a toda la O.M.G.A.B. y a los Semáforos en tu contra.
—Traté de ser amable. Traté de ser simpática. Traté de ser tu amiga, pero eres igual que antes.
—Ya veo. Nos conocíamos. Vaya suerte —Joaquín se rio.
Hammya lo tomó del cuello y, lentamente, empezó a aplicar presión.
—No quieres lastimar a Candado. Fuiste tú quien lo da?ó.
—No… que yo… recuerde —Joaquín habló pausadamente mientras intentaba mitigar su respiración.
—No. Aún no, pero lo harás. Siempre lo haces.
—Viste muchas… películas.
Ruth estaba empezando a temblar.
—No te muevas, agente Van Grace.
—Creo que debes preocuparte por otras cosas, ?no? —Hammya apretó su cuello.
—Ja, ja, ja. Es increíble que lograras enga?ar a Candado con esa actuación de chica ingenua.
—Te equivocas. No lo enga?é. Fui honesta… bueno, hasta hace unos días.
—Oh, entonces eres de esas chicas que se vuelven locas por el amor —se burló Joaquín.
—?No harías lo mismo por la persona que amas? Somos iguales, Barreto.
—?Qué? Ir por su espalda, ocultar el hecho de que eres un error en este mundo y que vas a matar a aquellos que no están de acuerdo contigo y con tu enfermo amor. Perdóname, pero no me compares contigo.
Hammya estaba muy enojada. Parecía que estaba por cometer una atrocidad, se veía tentada a romperle el cuello, pero entonces recordó a Candado. ?Cómo podría mirarlo a los ojos si ella mataba a su amigo?
—No.
Hammya suspiró.
—Candado dijo una vez —metió su mano en el bolsillo—. Si no puedes convencer a un terco, entonces negocia.
Sacó una caja diminuta envuelta en un trapo negro.
—?Qué es esto?
—Mi negocio.
—Un regalo —Joaquín resopló y tomó la caja—. No es mi cumplea?os, pero lo acepto.
Empezó a desenvolver la caja, la abrió, y de su interior comenzó a brillar una pluma celeste y blanca. Hammya soltó a Joaquín y se sentó en la silla.
—Ruth… déjanos solas.
—?…!
—Vete, Van Grace, ahora.
Ruth titubeó, pero aceptó la orden de Joaquín. Caminó hasta la puerta, la abrió y lo miró una última vez, suplicante para que la dejara quedarse.
—Estaré bien. Cierra la puerta.
Ruth bajó la cabeza y obedeció.
Joaquín sacó la pluma y la inspeccionó de arriba abajo.
—?Crees que es falsa? —se burló Hammya.
—No. Es de él.
Luego, la miró a los ojos.
—Sé lo que quieres decir: ?Cómo?, ?dónde? Y ?cuándo?
—No. ?Quién?
—Nunca dejas de sorprenderme, ?eh? —Hammya borró su tono burlón y se puso serio—. Tú, me lo dijiste tú.
—?Qué tan cercano eras a mí para que me lo dijeras?
—No, falleciste en mis brazos cuando me lo contaste.
—?Morí?
—Así es… La guerra se los llevó a todos, incluyéndote.
—?Mis hermanos…?
—Lautaro sobrevivió, pero Kruger desapareció después de tu entierro. Y tus padres… fueron los primeros en morir junto a la familia de Candado cuando todo empezó.
—Ya… Si vas a hacer negocios conmigo, sabes muy bien lo que te voy a pedir.
—Lo sé. ?Dónde están?
—Así es.
—Para asegurar este trato, quiero tu palabra.
—?Para qué?
—Los tres tienen un código moral que siempre siguen. Para Héctor es la vida: "Toda vida es sagrada". Para Candado es la verdad: "Yo nunca miento". Y tú, la palabra: "Siempre cumplo mis promesas". Así que quiero eso: una promesa.
—…Prometo… prometo que nada de lo que ocurrió aquí se sabrá, incluyendo tu pasado.
—Bien.
—Ahora tú.
—Están en un contenedor. No puedo decirte dónde, solo tienes que esperar. Si las sacas, las romperás. Solo una persona puede sacarlas de ahí.
—Si es así, ?cómo conseguiste esto?
—Fui astuta y rápida. Se la robé a un inquisidor.
—Ya veo. ?Y?
—Oh, casi lo olvido. Solo necesitas a su príncipe. Son los inquisidores que tienen la frente de oro, y te lo facilitaré en un cincuenta por ciento.
—?Por qué no me lo dices ya?
—Porque no lo sé. Solo tú lo sabes, eso me lo dijiste. Si hubiera visto el registro mucho antes, lo habría atrapado. Ahora es tarde.
—?Registros?
—Este a?o 2013 se registró alguien, un infiltrado de los inquisidores. Búscalo, solo tú lo encontrarás.
—…
—?Puedo irme?
—…Hammya Saillim, puedes retirarte. Y no te preocupes, mantendré mi promesa.
—Genial…
—Hammya, gracias.
—Lo que digas. Recuerda mantener tu palabra.
—Lo haré.
Hammya palmeó la espalda de Joaquín y se marchó de la oficina, acercándose aquella persona que era su amiga, quien la esperaba con rabia y visible molestia.
—Por cierto, Ruth…
—…
—Lamento lo sucedido. Espero que podamos seguir siendo amigas.
Hammya extendió su mano. Ruth, en cambio, la apartó bruscamente e hizo una se?a para que se marchara.
—…Entiendo. Lo siento mucho.
Ruth no dejó de mostrarle su enojo. Cuando Hammya se había marchado, Ruth volvió adentro de la oficina.
—…
—Hola. Veo que estamos rebeldes, ?eh?
Joaquín estaba sentado en su escritorio, mirando la pluma.
—Al fin. Al fin tengo una pista.

