Los rayos del sol brillaron sobre Nava’rel donde la intensa vegetación cedía al fin, abriendo paso a un valle que albergaba cientos de granjas núcleo. Eran los límites finales de la selva. Nava observaba las fincas creadas por los nutch desde la rama alta de un olmo. Era una extra?a sensación ver campo abierto después de haber estado sumergida en aquel mar verde por tanto tiempo.
Nunca había estado tan lejos de casa, de mi padre, Leye. Pensó con una punzada de nostalgia en el pecho.
Las peque?as granjas se extendían en el horizonte: peque?as chozas de barro en medio de campos de arroz, tomate y maíz. Cada granja era un microcosmos distinto: compuesta por distintos tipos de plantas, así como de animales. ?Mazmorras independientes al aire libre? como las llamaba Tesca. A pesar de eso, de algún modo se veían uniformes, como una constelación de estrellas regadas en el firmamento. Era un paisaje llamativo, pero se sentía más atraída por la densa selva que tenía detrás, en cuyo límite se encontraba ahora. Eran dos mundos completamente distintos. Comprendió entonces que ella era por entero un ser del Bosque Profundo.
Tesca, a su lado, puso una mano sobre su hombro. El fornido guerrero Nutch la había llevado hasta “el fin del mundo” a lomos de un trotaselvas. En ese momento el animal estaba cazando en algún lugar cercano, dando paso a sus impulsos depredadores. Se lo había ganado tras tama?a travesía.
?La selva es infinita —pensó, accediendo al conocimiento universal heredado de su abuela, la deidad serpiente.—Todas estas leguas recorridas a lomos del felino, son apenas una gota en el inmenso Mar Verde, y nosotros estamos sólo en uno de sus extremos.?
El guerrero le había prometido que encontrarían muchas cosas interesantes en el viaje, pero nunca imaginó llegar a ver un valle ancho en lo profundo de la Jhada, el Mar Verde.
—Cada granja cuenta con un núcleo arbóreo. — le explicó el guerrero, se?alando una de las peque?as fincas, que contaba con dos campos de maíz cultivados y un olmo enorme en la mitad. — el árbol, con su conocimiento ancestral, determina su ecosistema. Aunque las granjas son distintas, a su vez componen todo el hábitat del valle, lo que le permite sobrevivir en medio del Kuxumil, la inmensidad del bosque.
Nava’rel volvió a dejar que su vista se perdiera en el horizonte, en la extensión de tierra que los nutch llamaban el Valle árboreo. Las granjas se extendían en la inmensidad como un reba?o estático, cada una con sus propios tipos de cultivos y animales, monstruos, chozas y malocas de distintos tama?os.
Las plantaciones eran circulares, contrarias a las que se podían apreciar en los valles de Ixtul y más allá, donde los huertos solían erigirse en formas cuadradas y rectangulares. Aquello era un claro indicio de lo diferente que era aquel mundo perdido en el que el trotaselvas los había sumergido del mundo exterior, que estaba sumergido en una guerra sin fin. La arpía se estremeció al pensar lo que ocurriría cuando aquellos dos “mundos”, separados por la selva profunda, se encontraran.
Muy pronto ocurrirá, aunque haya muchas fuerzas maniobrando para impedirlo. El ciclón está cerca, y nosotros estamos en medio, en todo el ojo de la tormenta. pensó, estremecida. Y mi padre Leye está en todo el medio.
Unas estructuras cónicas de fibra de palma hacían las veces de invernadero en algunas de las fincas, que los nutch campesinos se empe?aban en cuidar, al tiempo que usaban a los animales para arar los campos bajo el sol ardiente.
Al poco tiempo reapareció el trotaselvas. Era un felino robusto pero ligero, un poco más peque?o que un jaguar adulto, y de pelaje más bien escaso, lo que le permitía moverse con facilidad entre el intenso ramaje. Sus colores se ajustaban a su entorno. En el momento en que apareció en el peque?o montículo en el que Nava y Tesca descansaban, su color era de un intenso verde, con peque?os degradados dorados, producidos por el ardiente sol de la tarde, aunque sus fauces y bigotes estaban impregnados con el violento rojo de la sangre. Su caza había sido provechosa incluso después de un viaje tan largo.
Tesca y Nava montaron al felino y descendieron por la pendiente con los movimientos fluidos de la criatura. El trotaselvas se movía con la facilidad de a?os de práctica de ágiles movimientos en las selvas más tupidas. Pronto estuvieron sumergidos en la hierba alta del Valle árboreo, rodeados de granjas Nutch. Aquel era un mundo nuevo.
Nava podía sentir la libertad que el felino experimentaba en campo abierto, aunque la arpía percibió que la montura no estaba del todo cómoda. Le hacían falta los árboles y el suelo lodoso de la selva. Entonces supo que a ella le pasaba lo mismo. De algún modo se sentía desprotegida con tanto espacio abierto a su alrededor, una presa fácil de atacar.
Después de avanzar lo suficiente, Nava pudo observar más de cerca las granjas-mazmorra que los nutch habían construído en los confines de la selva. Además del árbol Padre que cada una contenía, todas tenían otro elemento en común: peque?os pozos rústicos de madera anclados a la maloca principal, que recibían las gotas de maná que la granja producía a medida que los monstruos y animales anclados a ella se hacían más grandes y fuertes.
No pudo evitar recordar los pozos de mármol que infestaban la mazmorra de su padre Leye internada en la selva. Sí que vivía rodeada de lujos comparada a esta gente. Pensó ella, fijándose en los precarios pozos de los nutch, que se las ingeniaban con lo que tenían a mano para canalizar las pocas gotas de maná que sus peque?as granjas producían.
A pesar de ello, los aldeanos de túnicas blancas y piel morena no parecían conscientes de la precariedad en la que vivían, y lucían alegres bajo el sol, trabajando como hormigas en guerra, y bromeando entre sí, o con sus ayudantes, unos extra?os seres híbridos de aspecto humano y felinesco, que vestían de forma similar que sus amos humanos y se veían en casi todas las granjas.
Con un vistazo Nava comprendió que eran gentes que vivían al día, por lo menos en aquel extremo selvático, aunque era probable que en todos los valanqhares regados en la selva espesa se viviera en una atmósfera similar, a juzgar por lo que Tesca le había comentado del modo de vida de los asentamientos nutch. Eran gentes humildes pero recursivas hasta el hartazgo, que se valían de lo mínimo para obtener lo máximo. Aunque la selva les ofrecía recursos ilimitados tomaban de ella lo imprescindible, como preservando inconscientemente su entorno para un futuro lleno de incertidumbre.
Conocen los peligros de la cólera de Jhada, comprendió ella, mientras observaba a un grupo de nutch particularmente laborioso en una granja que tenía como árbol Padre a un casta?o de hojas frondosas, es probable que lo hayan vivido más de una vez.
Pero aunque estaba maravillada con aquel valle colonizado por los nutch, y de ver cómo un pueblo se las arreglaba para manejar su entorno, manteniendo a raya los largos tentáculos de la selva, no pudo evitar recordar su hogar, la mazmorra que poco a poco crecía, después de que su padre hubiese caído de las estrellas. Sabía que Leye la debía extra?ar, pero aquel desasosiego le duraría por varias semanas, si no más. Nava nunca había estado tan lejos, y no sabía cuánto más tardaría en regresar.
Sólo espero que mi padre soporte mi ausencia… y que sobreviva. Pensó, azorada por los peligros allende la selva… ella sabía que los escuadrones imperiales que tenían arrinconado al país de Ixtul… y que cada vez más se integraban en la selva profunda. En algún punto, llegarán hasta aquí. Era difícil imaginar que los forasteros pudieran llegar hasta un lugar tan remoto como aquel… pero era perfectamente posible.
Tesca detuvo ligeramente al felino al ver que Nava estaba inmersa observando la granja del casta?o. Los aldeanos nutch los miraron con curiosidad por un momento, pero luego volvieron a trabajar en los pozos de madera, midiendo con cuidado las gotas de maná que se generaban, a medida que los jaguares-humano de musgo domésticos espantaban con machetes y guada?as a las serpientes y otras alima?as que se acercaban por instinto a la fuente del líquido mágico. Para ellos ver viajeros de la Selva Exterior llegados en trotaselvas era relativamente normal, por el intenso comercio que se desarrollaba a lo largo del a?o entre el Valle Arbóreo y la Selva Interior.
Stolen story; please report.
Uno de los ayudantes felinos miró con lascivia el cuerpo de Nava, pero pronto siguió con lo suyo, atento a los gatos domésticos. Para ellos una arpía tampoco resultaba una novedad, ya que dominaban a muchas especies emplumadas menos evolucionadas en sus propias granjas.
—Como ves, están ansiosos por cada gota de maná que puedan recoger.— le explicó el líder guerrero, mientras su trotaselvas olfateaba el pasto del suelo.
—?Pero por qué? Quiero decir, están en medio de una selva llena de frutos de maná.
—Porque el maná que recogen del valle hace crecer aún más el Gran árbol Patriarca. Sólo el maná de las propias granjas supeditadas a este lo pueden hacer crecer. Entre todos conforman un ecosistema interdependiente.
Ella volvió a fijarse en los trabajadores de la granja que habían estado observando. Su piel morena y hasta sus facciones se diferenciaban poco de los habitantes de Nadhy, el primer poblado de aquel pueblo de la selva con el que se había topado. La arpía todavía recordaba con algo de diversión la cara de asombro de los sacerdotes del templo cuando había aparecido frente a sus ojos con dramatismo, surgiendo de las sombras justo bajo la estatua de la diosa Tlaloc.
Lo había hecho cuando estaban en medio de alguna especie de ceremonia, mientras rezaban en grupo y con el humo del incienso abarrotando el lugar.
Sabía que había jugado su carta en el momento indicado; a juzgar por el rostro de asombro de los ancianos. Por muy poderosos que fueran en hechizos, eran supersticiosos hasta la médula, como cualquier pueblo que tuviera que sobrevivir en un entorno tan hostil.
Desde entonces la habían ingresado en la Orden, y el propio Mo Gah le había indicado a Tesca que le mostrara los alrededores que componían el país posterior de los Nutch. Pero había sido el propio Paladín de la Maleza quien había insistido en llevarla hasta los confines del Mar Verde.
Aquellos campesinos que se esforzaban por hacer crecer las bestias y los huertos a los que se limitaba su mundo eran muy similares a los nutch de la selva posterior, pero sus extremidades recogidas y su aspecto rendido daban muestras de que allí las cosas eran mucho más duras que en los valanqhares de la Jhada Intermedia.
Sin embargo los antropomorfos felinescos que trabajaban con el mismo ahínco que los indígenas eran los que más llamaban su atención, ya que a esos sí que no los había visto hasta entonces. Los seres de extremidades peludas y manchadas como jaguares estaban enfocados en exprimir las pocas gotas de maná que las plantas despedían, y en arriar a las criaturas que eliminaban la maleza.
Aunque eran delgados como los propios nutch, bajo el pelaje se podían ver músculos robustos y agilidad de felinos en sus movimientos. Entonces Nava comprendió que aquellos “ayudantes” también serían los primeros en arrojarse sobre enemigos exteriores, y en luchar contra cualquier amenaza a sus preciadas granjas. Tesca pareció leer su mente, y lo afirmó con palabras.
—Los chikomeyah están ligados al árbol Padre.— le dijo, mientras acariciaba el pelaje verdoso del felino que montaban.—Aunque en este momento los vemos como simples peones, son tan feroces como cualquier nutch, y acorde al nivel de la mazmorra, pueden llegar a manejar distintas armas, desde lanzas hasta arcos y hondas. Algunos llegan incluso al nivel de arcanos. Han sido de gran utilidad en muchas guerras fratricidas.
Entonces la arpía tomó consciencia de lo mucho que se parecía a ellos. Observó sus manos, cuyas garras largas podrían aniquilar a un jabalí adulto sin ningún problema. Yo también soy un arma. Comprendió. Soy un poderoso ser que se convierte en una máquina de guerra con cada nivel que aumenta.
Su instinto femenino le indicó que pronto tendría que hacer uso de todo su poder para defender el territorio que le había dado vida, la mazmorra núcleo de su padre Leye. Entonces el miedo llegó a su garganta con un razonamiento sencillo que no había tenido hasta entonces.
Si Leye muere, yo muero.
Se imaginó codo con codo luchando con aquellos felinos e indígenas, que a pesar de su aspecto delgado y humilde, eran feroces guerreros que lucharían con estrategia y vigor contra cualquier enemigo que amenazara su territorio.
Entonces Tesca azuzó al tigre para que siguiera avanzando hacia lo profundo del valle. El felino avanzaba casi con placer entre las granjas de distintos tipos de árboles padre. Nava’rel saciaba su curiosidad innata observando los distintos ecosistemas y tama?os que cada granja tenía. Las más grandes contaban con monstruos grandes y fornidos, capaces de arar más campos y recoger más frutos. Entonces el conocimiento ancestral transmitido por su madre le permitió abrir su “tercer ojo” para ver más allá de lo evidente.
Estas fincas que han conseguido más criaturas y más huertos que las peque?as no sólo porque han sabido administrar mejor sus recursos, comprendió, a medida que el trotaselvas se acercaba más y más al árbol Patriarca del valle, un enorme arciano que se alzaba como una torre en la distancia. Sus ramas blancuzcas lo diferenciaban de los demás árboles que se alzaban orgullosos en medio de sus fincas repletas de trabajadores, como si de algún modo aquellos seres inanimados hubieran encontrado el modo de esclavizar a los simios y felinos humanoides que drenaban su maná. También se han sometido a la incomodidad más tiempo que las otras fincas: sus criaturas han trabajado por más tiempo, y así han conseguido expandirse. Entonces supo que la comodidad no era buena en absoluto. De hecho, podía llegar a ser su peor enemiga. De haber permanecido cómoda en su mazmorra núcleo, al lado de su padre y recibiendo gratis el maná de los otros héroes vinculados a ella, nunca habría devorado el jabalí que le había dado el aumento de nivel necesario para obtener la habilidad de sigilo. La misma habilidad que la había llevado al fin del mundo.
Paradójicamente, aquella incomodidad a la que se había sometido en el pasado, ahora le daba la oportunidad de obtener presas de forma mucho más sencilla. La llevaba a una comodidad que de otro modo no tendría.
—Es hora de que conozcas mi granja —dijo Tesca con su gruesa voz esforzada para hacerse oír sobre el rumor del viento.
—No sabía que tenías una granja aquí, en el fin del mundo.
El líder guerrero emitió una carcajada que se pudo oír por encima de los ruidos comunes de la selva.
—Muchos nutch con algo de dinero lo hacen. De hecho es el sue?o de muchos: tener su propio pedazo de tierra en el valle del árbol Patriarca. Es por ello que muchos mueren en guerras al interior de la selva.
La finca de Tesca no era la más grande, pero tampoco la más peque?a. Aún así, tenía buen espacio y varias criaturas vigorosas trabajando en los huertos, en especial jaguares y naguales como los que había visto en las granjas previas, aunque también se percató de aves de colores diversos y plumaje llamativo.
Ahora entiendo por qué se fijó en mí, pensó Nava, mientras el guerrero Nutch la ayudaba a bajarse del trotaselvas. No es sólo por mi cuerpo juvenil, este hombre adora a las aves.
En cuanto entró por la puerta principal de la granja invernadero de su acompa?ante, Nava′rel se sintió en un mundo nuevo, alejado del calor y los omnipresentes mosquitos de la selva.
Un peque?o mini mapa apareció en su campo de visión, delimitando las estructuras del lugar, un torreón de tres pisos y tres chozas de piedra y barro, rodeadas de jardines de cerezos y de los huertos circulares que se expandían hacia el valle.
—Los edificios son de corte oriental— dijo ella, fijándose en el torreón, que se alzaba hacia el cielo con enredaderas pegadas a sus paredes como serpientes. — Tienen la arquitectura típica de Hiorami.
Tesca se encogió de hombros.
—Me has descubierto—dijo él— es una de mis culturas favoritas. Nuestros espías allende los mares nos han enviado mucha literatura sobre aquellos países. ?Pero cómo una arpía tan joven, que ni siquiera ha salido de la selva, sabe de un lugar tan remoto?
Ella lo miró con suspicacia.
—Mi madre me ha heredado un conocimiento intrínseco sobre el mundo. Es como si los “espías” de nuestra jungla ya me hubieran transmitido toda esa “literatura” antes de nacer.
Nutch parecía confundido, pero lo dejó pasar. Entonces se acercó a ella y la tomó por la cintura.
—Me gustan las chicas inteligentes, ?no te apetece conocer la… habitación principal? Tiene una vista del valle envidiable.
Ella suspiró. No importaba lo poderoso que pudiera ser: un hombre nunca dejaría de ser un hombre.
—Ya habrá tiempo para eso, mi se?or. Déjame apreciar un poco tus dominios.
A pesar de sus palabras, se fijó en el cuerpo fornido del guerrero. Era atractivo, y su evidente ímpetu lo hacía aún más llamativo. Aunque sus puntos de fuerza y habilidad de combate estaban al máximo, hablaba con palabras propio de un archimago, y lo hacía de forma que resultaba entretenido escuchar sus historias de viajes y batallas a lo largo de los Siete Reinos de la Selva.
El hombretón no había dejado de cortejarla ni un momento después de que el Mo Gath le pidiera que le mostrara los alrededores de Nadhy. Ella respondía con indiferencia a sus cortejos, pero aquella invitación hasta el extremo mismo de la selva profunda había sido una oferta que definitivamente no pudo resistir.
De pronto, un arrebato de intuición le dijo que debía unir sus vínculos a aquel pueblo, a aquel guerrero.
—Creo que he cambiado de opinión.—dijo —el valle se tiene que ver mucho mejor desde la habitación principal.

