—?A qué se dedicaba tu escuadrón antes de nuestro… ataque?— Nilu sentía mucha curiosidad por el “ser” revivido del portal, aquel moreno que montaba una llama con suma maestría, moviéndose por pendientes y maleza con la misma facilidad que lo haría una pantera, y que ahora lo seguía como el más fiel de los guerreros.
Pero más curiosidad sentía por el origen de aquellos misteriosos portales que habían aparecido en su país como una plaga de langostas. Aquel jinete de llama resucitado podría ayudarlo a resolver aquel acertijo.
—Como muchos pueblos de las Monta?as de la Bruma Infinita, los texce nos dedicamos a la minería. Cuando su se?oría llegó a nuestros dominios, estábamos al cuidado del yacimiento más occidental de nuestra cuaderna. En mis inicios no era más que un aldeano dedicado a la excavación, como casi todos en mi pueblo, pero me harté de que los bandoleros de tribus enemigas me asaltaran, y me uní a la milicia.
No se ve a sí mismo como el monstruo de un portal, pensó Nilu, mientras cabalgaba junto al monta?és por un llano desértico, cuyos montículos irregulares se ensanchaban hasta donde alcanzaba la vista. Su caballo y la llama de su ayudante levantaban polvo amarillento a medida que golpeaban el suelo empedrado con sus cascos. Aquel era el tercer portal con ese aspecto que atacaban esa semana. Se ve como miembro de una tribu, y a nosotros como invasores. Aquello sólo consiguió confundir aún más al ixtalita.
La única conclusión posible era que aquellos portales eran mundos en sí mismos, como si los dioses hubieran decidido poner un menú de universos a luchar entre sí a través de aquellas ventanas interdimensionales.
—Es curioso, ya que nunca había escuchado hablar de las Monta?as de la Bruma Infinita. ?En tu aldea habían escuchado acerca de Ixtul y sus selvas, o de Anen y su poder imperial, Illaqu?
—No, mi se?or. Nuestra cordillera está rodeada por valles y desiertos como éste. La selva más cercana está a miles de leguas hacia el norte. Nunca habíamos escuchado nombres tales como el de su país —el lancero de tez morena y ojos semi rasgados parecía tan confundido como el propio Nilu. —Desde que me regresó a la vida, se?or, y me apartó de mis monta?as, me adentró en un mundo del todo nuevo.
Los dos guerreros siguieron cabalgando por un buen rato a través del erial, sin ver rastro de enemigos. A medida que navegaban portales de mayor nivel, rastrear a los monstruos se hacía más difícil.
Mientras el atardecer comenzaba a brillar en el horizonte con un degradé de colores rojizos, índigo y amarillo, Nilu siguió con las dudas en su cabeza.
Aquel era el quinto portal en el que se adentraban aquella semana, en las inmediaciones de la selva cercana al núcleo. Aunque le habría gustado ir con más compa?eros, sólo había podido ir con Illaqu, ya que Vidul seguía en el templo de la Mazmorra Núcleo, intentando salvar a Naya con su magia. El mago lucía demacrado y al borde de la inanición la última vez que lo había visto. No quería ni pensar en el aspecto que debía tener en ese momento.
—Aún contamos con algo de tiempo —dijo después de un rato, cuando por fin divisaron las primeras huellas de lo que parecían ser los monstruos del portal, unas enormes pisadas como de elefante, que a pesar de la oscuridad eran fáciles de detectar gracias a los lentes de visión etérea que Nilu portaba —presiento que este portal debe contar con un gran botín, aunque es muy extra?o que sea el tercero que visitamos con este aspecto desértico. Es como si todos correspondieran al mismo…mundo.
—Quizá los dioses han decidido que este páramo yermo se fusione con sus selvas, mi se?or.
El amanecer volvió a iluminar el mundo cuando por fin divisaron en la distancia el grupo de monstruos, unos enormes gólems de piedra, tal como los que ya habían enfrentado en los portales anteriores.
—Mi especialidad— dijo Nilu, desenfundando su espada larga. En efecto, cualquier criatura tipo tanque era débil ante un luchador experimentado como él. — Usaremos la misma estrategia que en los portales previos, aunque mantén los ojos bien abiertos. Estas cosas lucen más grandes que las otras.
Tal como había pensado, los cuatro gigantes de piedra luchaban con más sinergia que los monstruos de los portales previos, que no parecían ser conscientes de sus compa?eros. Estos, del otro lado, se defendían entre sí creando formaciones compactas y arrojando enormes piedras que pasaron peligrosamente cerca de Nilu e Illaqu en más de una ocasión.
Pero no eran tan listos como para acabar con los dos exploradores curtidos. Mientras el monta?és los distraía con los rápidos movimientos de su llama, y los distraía con su lanza, Nilu se encargó de despecharlos uno a uno con rápidas estocadas de su sable dirigidas a sus cuellos robustos.
Al final el propio jefe se deshizo en rocas al ser atacado por los flancos por los dos compa?eros. Sus restos rocosos levantaron una monta?a de polvo.
La interfaz de Nilu brilló frente a sus ojos, mientras el explorador seguía recuperando el aire tras el combate.
Has ganado 15.000 puntos de experiencia.
Has alcanzado el nivel 25.
3.000 puntos de experiencia para tu mazmorra núcleo.
Nilu suspiró con satisfacción. Alrededor de las rocas se podían distinguir varios rubíes rojos brillando ante el cada vez más intenso sol. Aunque apenas tenían tiempo para recoger el botín y regresar a la entrada del portal antes de que se cerrara para siempre, aquellas gemas se venderían muy bien en el mercado de Rava, el único que seguía abierto en Ixtul tras el inicio de la invasión.
Duraron buena parte del día extrayendo las gemas, y faltaba poco para el anochecer cuando pudieron cabalgar a toda prisa hacia la entrada del portal. Por un momento Nilu pensó que quedaría atrapado para siempre en ese erial rocoso, pero el alma le volvió al cuerpo cuando vio la entrada en la distancia con el tama?o justo para que los dos jinetes lo atravesaran.
El olor a tierra húmeda y los lejanos rumores de las libélulas le indicaron que había vuelto a Ixtul, y aunque era lo más profundo de la noche, un manto de estrellas mostraba con claridad el camino de vuelta al núcleo a través de la selva densa.
Aunque feliz de estar de nuevo en su tierra, Nilu se movió con rapidez por el estrecho camino rodeado de palmeras y helechos, ya que el portal había surgido cerca a un poblado de chozas en el que todavía acampaba un numeroso escuadrón aneita.
La realidad de la guerra lo entristeció, mientras sentía un ardor de venganza creciendo en el pecho. Sintió un impulso de tomar por sorpresa a los invasores en el enclave destruído. Sabía que mataría a la mayoría de enemigos antes de que consiguieran acabar con él y su compa?ero, pero a la postre ambos morirían.
Seré más útil si sigo haciendo crecer la mazmorra de Leye con mi habilidad, pensó, mientras cabalgaba a toda prisa por la espesura del bosque. Algo le decía que en esa incipiente ciudad escondida en la selva estaba la salvación de su pueblo.
Gracias a la luz de la luna y las estrellas pudieron sortear el camino selvático con facilidad, y en poco tiempo llegaron a la propia mazmorra, que ahora llamaban Emol, y que a esas alturas ya era un orgulloso poblado, con edificios de mármol y chozas de madera por doquier, en el que destacaban tres edificios entre los demás: el castillo que protegía a Leye, el ancho coliseo y el templo de la diosa Tlaloc.
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Un poblado sin gente pensó Nillu, mientras poco a poco empezaba a sentir cómo la energía volvía a él a medida que caminaba entre los pozos de maná. No se había dado cuenta de lo agotado que lo había dejado la incursión en la mazmorra hasta ese momento.
—Puedes darte un descanso, Illaqu—le dijo a su compa?ero, que lucía más rendido que él. Había que admitir que su trabajo distrayendo a los gólems había sido más que destacable. De algún modo sentía como si los niveles que él había subido de algún modo también lo hacían crecer a él.
—Sí, mi se?or.— dijo el guerrero, y se dirigió con la llama a su pozo favorito, en el otro extremo de la mazmorra.
Nilu por su parte fue directo al templo. En él encontró a Vidul tal como lo imaginaba: con sus manos extendidas hacia Naya lanzando hechizos de sanación, mientras la arquera yacía acostada boca arriba en el altar principal.
El mago se alegró en cuanto vio a su jefe, pero pronto su expresión volvió a tornarse sombría. Tenía ojeras como de oso panda, y su túnica verde no disimulaba que sus extremidades estaban casi en los huesos.
—?Cómo está?—fue todo lo que se atrevió a preguntar.
—Nunca había estado tan estable, pero sigue sin dar signos de querer despertar.
Nilu desfalleció. Aquella mujer era de lejos la mejor guerrera del escuadrón, y con sus flechas certeras y su astucia los había sacado de muchos apuros, sobre todo en portales donde todo parecía perdido. Gracias a ella sus niveles habían ascendido como la espuma. Además, era la única capaz de comunicarse con Leye. Pero seguía en profundo estado vegetativo.
—Has hecho un gran trabajo. Estoy seguro de que tu esfuerzo no está perdido. He tratado de conseguir otro curandero para que puedas descansar, pero con los ataques aneitas tan intensificados, las tribus no han podido prescindir de ninguno.
—No hay problema mi se?or, todavía puedo aguantar un poco más. Por fortuna el maná sigue llegando desde la distancia, lo que me permite seguir efectuando mis hechizos. Pronto se estabilizará lo suficiente para…
Vidul guardó silencio de repente, y miró hacia el este, como si un peligro inminente se cerniera sobre ellos.
—?Qué ocurre, hermano?— a Nilu no le gustó para nada la expresión de su demacrado compa?ero.
—Algo viene para acá. Siento una energía poderosa.
Nilu no tardó mucho en sentirla también. Era el aura de un poder muy por encima de sus capacidades. Recordó la ya lejana tarde en que Yowo apareció como una amenaza inminente, cuando aquel poblado no era más que el rocoso núcleo de Leye enterrado en la tierra.
Pero no podía ser la espadachina. Según los informes de los exploradores, ella se encontraba en altamar, combatiendo a los piratas aliados del imperio.
Aquello sólo podía representar una cosa: un escuadrón aneita se dirigía directo hacia ellos. Su peor pesadilla estaba a punto de materializarse: Leye iba a ser descubierto por los enemigos.
—?Cómo es posible que se hayan podido internar hasta aquí tan pronto?—Vidul lucía consternado, con las pupilas dilatadas. El miedo hacía que su aspecto fuera aún más lamentable.
—No lo sé, pero tendremos que prepararnos. Quédate junto a Naya, te llamaré si necesito tu ayuda.
Nilu salió del templo. Las luces del amanecer ya brillaban sobre las ceibas y las palmas, así como sobre los pozos de maná que emanaban un ligero humo azulado y escarchado.
El espadachín anheló ba?arse en uno de ellos, como tenía planeado, pero ya no había tiempo. El poder enemigo era cada vez más perceptible, lo que sólo podía indicar que estaban cada vez más cerca.
Comenzó a evaluar las defensas de la mazmorra. Los cuatro arqueros de piedra alrededor del castillo lucían tan dispuestos y preparados como siempre, con sus arcos de piedra bien tensados. Sus enormes rostros miraban con celo en todas las direcciones, como presintiendo el peligro.
Otorgan buena defensa, pero no serán suficiente en absoluto contra un escuadrón imperial. Pensó Nilu, con un estremecimiento.
Analizó también las torres de mármol en los extremos del incipiente poblado… habrían resultado una defensa sólida… de tener arqueros disparando desde ellas.
Hemos debido reclutar gente desde hace mucho. Pensó, pero entonces un vacío en el pecho lo hizo constatar por qué no habían llevado personas hasta allí precisamente por el temor de que el núcleo les fuera arrebatado. Ahora, paradójicamente, era lo que estaba a punto de ocurrir.
Entonces, un sonido de un matorral en los lindes del bosque lo hizo sacar su espada de manera rápida de la funda. De él surgió un guerrero mago envuelto en una túnica verde brillante, con algunas partes del cuerpo protegidas por armadura de obsidiana, como yelmo, hombreras y grebas.
El corazón le volvió al cuerpo cuando lo reconoció: era Elluth, uno de los caudillos de las fuerzas defensoras de Ixtul, rodeado de varios arqueros a caballo.
El mago también lo reconoció de inmediato. Juntos habían luchado veinte a?os atrás durante las primeras incursiones imperiales en la frontera septentrional, cuando la invasión no era más que un rumor.
Su viejo compa?ero lució tan aliviado como él por el reencuentro, pero tenía en el rostro los mismos síntomas de miedo que había visto unos momentos antes en Vidul.
—Loados sean los dioses, viejo amigo— le dijo con el aliento entrecortado por la cabalgata. —No sabía que tenías un escondite en este punto del Oeste.
—Es una larga historia, hermano—suspiró Nilu. —?Pero qué haces con todas tus fuerzas en un lugar tan remoto de la selva? ?Y qué es esa energía malévola que se cierne sobre nosotros?
—Es un escuadrón aneita— respondió el mago espadachín, mientras más guerreros aliados surgían de la maleza, todos con el terror plasmado en sus rostros. — Uno de los más poderosos. Los acechamos desde las sombras por varios días. Creemos que entre ellos se encuentra el líder de las fuerzas enemigas. Lo intentamos acosar con un ataque guerrillero cuando estaban acampando a orillas del Tlexcel, pero por algún motivo no han parado de perseguirnos desde entonces.
Nilu suspiró. No había tiempo para echarle la culpa a nadie de lo que estaba pasando. Lo único que podían hacer era actuar.
—Escucha, Elluth, no cabe duda que los aneitas van a pasar por aquí. Tendremos que defender este poblado con todo lo que tenemos. ?Crees que cuentas con suficientes arqueros como para albergar en esas torres?— Se?aló las torres de mármol en los lindes de Emol.
El mago las estudió por un momento, mientras el sol del amanecer se reflejaba en su túnica. El brillo de la obsidiana opacaba el omnipresente verdor de la selva. Su rostro prácticamente no había cambiado en las últimas décadas, salvo por unas cuantas arrugas alrededor de los ojos, como las del propio Nilu, y algunas canas incipientes en su pelo negro.
—Sí, viejo amigo. ?Puedes darnos acceso a ellas?
—Sí. Andando.
La siguiente media hora pasó a un ritmo frenético, con los dos caudillos acomodando a las tropas en las mejores posiciones, los arqueros en las torres, y a los espadachines y luchadores cuerpo a cuerpo ubicados de modo que los pozos de maná y las chozas protegieran sus flancos como murallas improvisadas.
La presencia de los enemigos ya se sentía a pocas leguas cuando de la maleza surgió un fornido guerrero humanoide, mitad felino mitad humano, con un poderoso mazo en su mano y un yelmo brillante de obsidiana en la cabeza.
Una notificación apareció frente a los ojos de Nilu.
Zar Quar, hijo de Leye y guerrero tanque mele.
El ser felinesco reconoció a Nilu como un héroe vinculado a la mazmorra de su padre, e hizo una reverencia ante él. El espadachín no pudo menos que agradecer a la diosa contar con un luchador de primera línea como aquel en ese momento, y le indicó que se ubicara en una de las posiciones más estratégicas para defender, bloqueando uno de los caminos que conducían directo al templo. A su lado estaba Illaqu, que ya se había recuperado del todo gracias al ba?o de maná.
—Ha llegado la hora de que demuestres tus habilidades, hijo. Debemos defender nuestro territorio con la vida. —le dijo al guerrero jaguar.
—Así lo haré, mi se?or. De ser posible sacrificaré mi vida, pero acabando con tantos enemigos como sea posible. Mi padre no caerá.
Entonces el líder espadachín se dirigió de nuevo al templo. Vidul seguía lanzando sus hechizos sanadores sobre Naya, pero lucía tan inquieto como los guerreros apostados para la defensa.
—?Crees que puedas dejarla sola por un rato? Necesitaremos tu ayuda allá afuera.
—Sí, se?or, aunque no por mucho, si no queremos que se pierda el poco avance que he tenido en su recuperación.
—Esperemos que sea suficiente. — Y que no sea destruído este templo, junto a todo lo demás.
Antes de salir del santuario, los dos exploradores se encomendaron a la diosa serpiente Tlaloc para pedirle su ayuda en la batalla que estaba a punto de librarse.
Cuando salieron a campo abierto, el sol ya estaba sobre lo alto, y los primeros enemigos comenzaron a salir de la maleza, envueltos en sendas armaduras de hierro, mientras las flechas empezaban a llover de las torres. Había llegado el momento de la verdad.

