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El desierto verde.

  Los primeros copos de nieve comenzaron a caer sobre las ruinas de Thalrim poco antes del anochecer. Con la llegada de la oscuridad, Ludan y Sarric se atrevieron al fin a acercarse al poblado destruido.

  —Una suite para ti solo— dijo Sarric en un susurro, mientras cabalgaban por las calles desiertas, sorteando astas de madera en el suelo y los cadáveres de caballos, personas y ovejas por igual. —Como base de operaciones no está nada mal.

  Aunque los cadáveres podían llegar a ser poco agradables a la vista, Ludan resolvió que lo que el vampiro decía era cierto. Se limitó a seguir cabalgando por lo que hasta hace pocos días era un poblado alegre y lleno de comercio, observando cualquier indicio de vida o de ataque potencial, aunque intuía que los autores de tama?a destrucción ya estarían a muchas leguas de allí.

  Aquella era la quinta ciudad que encontraban en aquel estado desde que cruzaran la frontera de Ilar.

  —Hay que aceptar que estos tipos hacen bien su trabajo, además de rápido.— había dicho Sarric cuando llegaron a la tercera ciudad destruida, sólo un par de noches antes.

  Ambos habían recorrido el país varias veces en el pasado, cuando apenas estaban empezando a trabajar como mercenarios. Lo que era un valle lleno de vida y comercio, una horda de maleantes en una carcasa sin vida, donde ni los carro?eros se habían salvado del azote. Todo a su alrededor era un desierto verde infestado de escombros.

  Después de que la noche envolvió al mundo con un manto de estrellas, los dos espías buscaron el mejor edificio para esconderse. Al final eligieron lo que parecía haber sido un templo destinado al dios emplumado de Notxac, a juzgar por las estatuas desperdigadas dentro del lugar.

  Sarric colocó un tótem de maná en medio del recinto, enterrando el asta inferior del artefacto en el suelo. Acto seguido, la esfera de cristal en la parte superior del artefacto comenzó a emitir un aura azulada.

  —Necesitaba esto. — dijo el vampiro, mientras los fragmentos de luz brillaban sobre su rostro pálido.— Ha sido un largo día.

  Ludan estuvo de acuerdo con su compa?ero, y se sentó frente al tótem mientras intentaba organizar sus ideas. Sus niveles de energía comenzaron a subir poco a poco.

  Pero aunque sus agotadas extremidades de guerrero se recuperaban, un vacío interior crecía en su pecho. Miedo, comprendió. Era una sensación que llevaba mucho tiempo sin sentir, pero la podía identificar con claridad. Los artífices de la destrucción de Thalrim eran expertos provocando aquella sensación ancestral en sus enemigos.

  Aunque el orbe de rastreo que el elfo cargaba les permitía evitar a la horda asesina, sabía que tarde o temprano tendrían que enfrentar a aquellos tipos, y no parecían ser un adversario común.

  Por fortuna contaban con aquel artefacto, que les otorgaba una visión especial con la cual podían identificar los cascos de los caballos marcados en el suelo, y una estela de luz verdosa que quedaba en el aire. Aunque cada vez era más difícil evitar los caminos de los jinetes, ya que se movían separados en peque?os escuadrones por todo el país en formaciones impredecibles, para volverse a reunir con una celeridad abrumadora.

  Lord Lororin también les había dado otros juguetes útiles, como el restaurador de maná que los recuperaba en ese momento, así como unas buenas monedas de oro, que habrían resultado más útiles de haber gente comerciando, y no una pila de cadáveres en su lugar. Ante la luz azulada del restaurador, Ludan se sentía como en una isla pacífica en medio de tanta destrucción, de algún modo lo transportaba a su bosque natal al otro lado del mundo, con los pozos de maná brillando entre las arboledas.

  Cerró los ojos buscando sosiego, pero era inevitable que las imágenes de la destrucción causada por la Horda Maldita regresaran a su mente. Los caminos infestados de cadáveres y cuervos volvían a su cabeza una y otra vez, las decenas de poblados que había recorrido junto al vampiro, todos convertidos en un mar de escombros, los campos cultivados arrasados con una crueldad, aniquilando la economía de lo que había sido un rico país subsidiario del imperio.

  En medio de su silenciosa meditación, mientras poco a poco su energía subía gracias al tótem de maná, trató de ver la destrucción desde la perspectiva de los artífices de aquel apocalipsis.

  Cada poblado arrasado es una cantidad ingente de recursos para los nómadas, así como un atraso de varios a?os para los arrasados. Tendrán que pasar varias generaciones antes de que el ecosistema de Ilar vuelva a flote, pensó, con la imagen viva de los poblados arrasados en su mente.

  Del otro lado, el ejército invasor había reunido recursos como para no tener que volver jamás a sus frías estepas. Sus suministros de monturas y alimentos habrían crecido como una bola de nieve, y los rastros de sus caballos y las estelas luminosas visibles gracias al orbe de rastreo indicaban que se dirigían inexorablemente hacía Anen, si bien habían dado vueltas por todo Ilar para asegurarse de que no tendrían ejércitos a sus espaldas antes de enfrentar al centro del imperio mismo.

  Ludan suspiró mientras volvía a abrir los ojos. Sus músculos estaban relajados por el efecto de los poros de maná que el restaurador seguía emitiendo. Era mucho el trabajo que él y su compa?ero tendrían para detener un ciclón como el que se dirigía hacia sus mecenas. Pensó en abandonarlos, pero nunca había faltado a un contrato, contrario al resto de mercenarios regados por el mundo. Aún así, sabía que lo más probable es que esa empresa acabara con su muerte. Una vez que un ejército como aquel tomaba la mínima ventaja, se tornaba feroz como un tigre.

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  —Hace mucho no percibía temor en ti—le dijo Sarric, recostado contra una de las pocas estanterías del templo que no habían sido tumbadas. — Casi me inspiras ternura.

  —No es temor lo que siento— dijo el elfo. — Pero debes ser consciente que nuestra larga vida en algún punto llegará a su fin.

  —Sí, pero no hay que ser pesimistas. No creo que esté cerca el momento.

  Ludan no estaba tan seguro. Rememoró una lejana escaramuza en la que había combatido contra una horda de kluritas, en el apogeo de las guerras élficas. Aunque eran difíciles de doblegar cuerpo a cuerpo, lo que de verdad aterraba de esos tipos eran sus técnicas taimadas de combate.

  Recordó como fingían una retirada tras otra para ser perseguidos y causar muchísimo da?o entre las tropas aliadas del elfo con sus flechas certeras, que disparaban en plena huída con una precisión propia de los dioses.

  Al final las fuerzas élficas se habían impuesto sobre las hordas de las estepas, pero a un precio muy alto de efectivos. Eran muchos los hermanos que había perdido durante aquella batalla a las afueras del Bosque de Oro.

  —No percibía miedo en ti desde que aquella chica te abandonó.— dijo el vampiro, con una sonrisa socarrona. Ludan odiaba cuando el tipo hacía eso. Se sentía incómodo de saber que había alguien que lo conocía tan bien.

  —Cállate, aquello ha quedado en el pasado.

  —Pues es lo mejor. últimamente siento que esa mujer ronda mucho en tu mente, y eso nos puede causar problemas, en especial en lo referente al trabajo.

  Era cierto, comprendió Ludan con un suspiro. Xyrna aparecía en sus sue?os con cada vez más insistencia, como si fuera a aparecer frente a él en cualquier momento. Casi podía recordar la última vez que la había visto, una noche a orillas del Eilna.

  —Sus pensamientos no interrumpirán nuestra misión—dijo el elfo, acercándose inconscientemente al restaurador, como si el aumento de maná en él pudiera reducir el dolor que el recuerdo de la elfa le causaba en el pecho.

  El vampiro lo miró por un buen rato con una mirada condescendiente, como un padre que entendiera a la perfección el sentimiento de un hijo herido.

  —Escucha, hermano. El primer paso es aceptar el dolor que estás sintiendo. Lo primero que debes comprender es que las mujeres, sean de la raza que sean, nos llevan demasiada ventaja. Sí, incluso a seres tan viejos como los elfos y los vampiros. Su maduración es muy rápida, y mientras los chicos entrenan con espadas o martillos, ellas conversan en castillos y salas de belleza, convirtiéndose en se?oras mucho antes de que nosotros salgamos al mundo real.

  Ludan permaneció en silencio. No le gustaba el tinte que estaba tomando aquella conversación, pero de algún modo lo reconfortaba. Las heridas que Xyrna había dejado en él todavía estaban demasiado abiertas.

  —La naturaleza les ha dado la facultad de dar a luz, y precisamente ese poder las obliga a abrir su tercer ojo mucho antes que nosotros. Ahora, si hablamos de una elfa que ha vivido varios siglos…— el vampiro suspiró.—solo puedo decirte que has salido bien librado. Es hora de dejar morir el pasado.

  Ludan estuvo a punto de responder, de defenderse, pero no había caso. Aquel vampiro lo leía como a un libro. No conseguiría enga?arlo, y peor aún, no conseguiría enga?arse a sí mismo.

  Además, las palabras de su socio mercenario eran ciertas: aquella dama había planeado todo desde el principio, incluso antes de que cruzaran la primera palabra. Una elfa tan experimentada tendría todo un esquema en su mente, sabiendo cuando era el momento de enga?arlo, robarlo, y cuando dejarlo del todo, como si fuera un simple evento casual del destino.

  Ludan había pensado muchas veces en vengarse, en encontrar una mujer más joven y jugar al mismo juego que habían jugado con él. Al final había resuelto dejar que el perdón llenara su existencia, pero las heridas no terminaban de sanar. Lo mejor era mirar al frente y seguir con su vida.

  —El imperio está perdido, Sarric.—dijo, sepultando sus otros pensamientos con una vieja técnica élfica de olvido. —Entre más pienso en el tema, más llego a la conclusión de que no hay forma que el emperador, ni nuestros nuevos jefes, puedan detener un poder como el que se cierne contra ellos. Esa es una verdad más dolorosa que cualquiera que tenga que ver con las damas alrededor del mundo.

  El vampiro se acercó al restaurador, aunque por su semblante Ludan intuyó que no lo necesitaba. Aquellas criaturas sólo necesitaban un poco de sangre para estar como nuevas. Era un asunto lo más injusto.

  —No hay batalla perdida antes de que se libre, mi querido amigo elfo. Tú más que nadie deberías saberlo. Aunque aquella elfa te haya destruido la moral, yo me encargaré de restaurarla. No es la primera vez que enfrentamos nómadas. Aunque puedan parecer intimidantes, tienen puntos débiles, sólo es cuestión de encontrarlos.

  —Me parece que este no es un enemigo común, Sarric. Estos tipos luchan con la desesperación de alguien que ha dejado su tierra atrás. Conocen el arte de la guerra a la perfección. Ya viste cómo han dejado cada poblado de esta infortunada tierra.

  El vampiro lucía meditabundo. Se sentó con las piernas cruzadas frente a él, y desplegó un mapa de la región. Lo observó por un buen rato antes de responder.

  —Se enfrentan a un imperio, Ludan, y a nosotros. Recuerda que no somos criaturas comunes, y tenemos en nuestra mente el conocimiento de muchos siglos. Podemos hacerles frente. Todo es cuestión de idear la estrategia adecuada.

  El elfo quería contagiarse de aquel positivismo, pero de algún modo no lo conseguía. Aunque las palabras del vampiro eran ciertas: cualquier enemigo, o problema, se podía abordar de la forma adecuada, o como le habían ense?ado en el ejército de la Defensa del Bosque cuando todavía era un crío: desde el flanco. Sólo había que encontrar ese flanco, y atacarlo en el momento oportuno.

  —Tendremos que encontrar la forma de dividir aquel ejército.— dijo el vampiro al fin, después de estudiar el mapa de Ilar y de Anen por un buen rato.

  —?Pero cómo?—las dudas daban vueltas en la cabeza del elfo como una tormenta en una noche de oto?o.

  —Ya llegaremos a ello. Por ahora debemos ponernos en marcha. Recuerda, no somos seres comunes. Tenemos el vigor de los jóvenes y la experiencia de los viejos. Tarde o temprano daremos con algo. Por ahora iremos directo hacia los talones de nuestros invitados. Es hora de cortar su impulso.

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