La enorme roca sobre la que estaba asentada Anen, el puerto más importante de Ixtul, se veía desde la distancia. El brillo del mar ante los rayos del sol destacaba la blancura de la roca y el mármol con el que estaban construidas las casas y edificios de la parte alta de la urbe.
Por fin tierra, pensó Yowo, mientras las aguas del mar de Elnia mecían con suavidad el navío. Era una extra?a sensación ver suelo firme después de pasar tanto tiempo en altamar.
A medida que la nave principal de la flota se acercaba a la ciudad costera, y la roca sobre la que estaba edificada Panxian se hacía más y más grande, como el jefe final de un portal, Yowo reflexionó sobre el estado de la guerra en el país sure?o. Si bien ella y su aliada elfa, Xyrna, que en ese momento estaba a su lado, observando la ciudad en un profundo estado meditativo, habían cortado de lleno los suministros que llegaban a los invasores por mar, arrasando en su totalidad a los piratas de velas negras, era probable que los aneitas todavía se estuvieran alimentando de los suministros que arrebataban a los ixtalitas.
Aún así, sus ejércitos eran grandes, y a medida que combatían necesitarían más y más suministros, y sobretodo maná, en cantidades importantes. Si no lo obtenían, tarde o temprano su poder se vería mermado.
En ese momento el capitán llegó hasta la proa, donde estaban las dos guerreras, y con su estentórea voz sacó a Yowo de sus pensamientos.
—Ha llegado la hora de separarnos, mis se?oras. No puedo negar que las voy a extra?ar, y no sólo por su desmedida belleza.
Xyrna sonrió ante el cumplido. Yowo se encogió de hombros mientras seguía mirando hacia la cada vez más cercana ciudad.
—No es para tanto, mi se?or. Estoy segura de que pronto encontrarás un reemplazo adecuado.
El viejo se rió con gru?idos tan graves que emulaban el sonido de un ca?ón disparando.
—Eso es imposible, Dama Yowo. Como ustedes no hay nadie.
Era verdad. A medida que la humana y la elfa combatían juntas con más frecuencia, se hacían más y más poderosas, no sólo de forma individual, sino con una sinergia sobrenatural. Después de aniquilar a los corsarios en la batalla del Estrecho Coralino, la flota ixtalita había avanzado hasta un archipiélago que los corsarios llevaban controlando desde hacía varios siglos.
Incapaces de contenerlos por mar, la coalición enemiga de orcos, goblins, y humanos rufianes se había atrincherado en la cueva central del islote, temerosos de las espadas de aquella guerrera y elfa que parecían salidas del mismísimo infierno.
Sus enclaves rocosos, sin embargo, no pudieron salvarlos. Como rastreadoras de portales experimentadas, las dos damas espadachinas, acompa?adas por Vog, el elfo oscuro que combatía con una lanza larga, un arma que además de ser letal para los enemigos por la forma en que su aliado la blandía, otorgaba inmunidad a los hechizos enemigos, se adentraron hasta el fondo de la cueva, buscando al líder corsario, un robusto orco arcano, cuyo poder principal era crear copias de sus súbditos para despistar a los atacantes.
Sus artima?as, sin embargo, no tuvieron efecto contra Yowo y sus aliados. Xyrna, cuyo tercer ojo se activó durante el saqueo, había revelado cuáles piratas eran copias falsas, y cuáles eran los auténticos, lo que les ahorró varias horas de combate. Mientras el capitán y sus marineros combatientes luchaban en las inmediaciones del archipiélago, la aneita se infiltró en la cueva principal junto a sus dos compa?eros elfos para encarar al líder de aquella organización pirata que llevaba décadas asolando los profundos mares de Elnia.
Los orcos, criaturas poderosas combatiendo cuerpo a cuerpo, no habían tenido oportunidad contra los rápidos tajos de las espadachinas y el lancero, y aunque los honderos goblins y arqueros enemigos arrojaban sus proyectiles con desesperación desde las rocosas alturas de la cueva con la esperanza de matar, o al menos amedrentar a los invasores en su ancestral guarida, sólo habían conseguido propinar un rasgu?o en el antebrazo del elfo. Ellos eran simplemente demasiado rápidos, y anticiparon cada uno de sus movimientos.
Cuando los tres luchadores comenzaron a avanzar hacia las alturas, donde el mago orco se encontraba, este intentó negociar.
—Les revelaré dónde están todos nuestros tesoros enterrados en la región. ?únanse a mí y serán muy ricos!
Yowo, que de improvisto había aparecido detrás de él, y colocado la espada en su garganta como una auténtica asesina, le había susurrado: míranos, sabandija, ?de verdad parecemos que queremos enriquecernos con tu sucio oro?
Acto seguido le había rajado el cuello, del que había comenzado a manar sangre verde a caudales.
La pantalla de la luchadora se había llenado de notificaciones.
?Has aniquilado a Olmhok, líder definitivo de los corsarios! ?Has alcanzado el nivel cien!
?Diez mil puntos de bonificación por ser la primera guerrera en conseguir el nivel máximo!
?Dos mil puntos extra para tu mazmorra núcleo!
Entonces se había acordado de su granja.
Allí mismo, en la fría cueva del archipiélago rodeada de cadáveres de orcos y goblins, Yowo le había pedido a Xyrna que echara un vistazo presciente a su refugio en lo profundo de la selva. Sentía que algo no andaba bien.
La elfa, consciente de que su aliada humana no cedería ante ninguna excusa, había desactivado su tercer ojo, y lo había volcado a su interior.
La expresión de la hermosa Dama no era un buen augurio en absoluto. Yowo lo supo de inmediato.
—Veo fuego, destrucción. Un gran ejército está asolando un castillo.
—Debemos volver. —le había dicho al almirante en cuanto habían salido de la cueva. —De inmediato.
—?De qué hablas, mi se?ora? La diversión acaba de empezar. Ahora que has acabado con el refugio principal, hay un centenar de islas que podemos saquear.
—No me importa, al diablo con ellas. Debo regresar de inmediato al continente.
El hombretón había suspirado, pero había ordenado desplegar velas hacia el sur.
—Te hemos quitado un gran peso de encima. Aquel orco parecía demasiado listo para alguien de su raza. Ahora que hemos recuperado el archipiélago, tendrás muchas millas de pesca para patrullar. Te aseguro que los piratas no volverán a molestarte en un buen tiempo. —Le dijo al capitán, a quien había llegado a apreciar en los últimos días. Lo veía en peque?a escala como al padre que nunca había tenido.
—Es cierto, mi se?ora.
Ahora que estaban a punto de llegar a puerto, el capitán se despidió con gesto apesadumbrado, y se fue a dar órdenes a los marineros para preparar el desembarco. Yowo siguió mirando la enorme roca que componía Panxian. Le parecía un buen lugar para asentarse, aunque se decía que en lo alto del castillo principal, un concilio de magos humanos dominaba buena parte de la región. Aquella era la única ciudad, aparte de la propia capital ixtalita, que no había caído en manos de los aneitas. De hecho no habían conseguido siquiera acercarse a ella, mucho menos asediarla, como habían estado a punto de hacer con Rava. Eso hablaba de lo inteligentes que podían llegar a ser aquel concilio de hechiceros que la dominaban desde las alturas. Por suerte, los intereses de Yowo estaban en lo profundo de la selva. Se dirigió de nuevo a su compa?era.
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—?Puedes ver lo que está ocurriendo con mi mazmorra?
El hermoso rostro de la elfa hablaba de malas noticias.
—El fuego se expande, mi se?ora. Hay guerreros acorazados blandiendo martillos y mazos, pero hay poderes que no me dejan ver más allá. No sé si mis visiones están ocurriendo en este momento, o si son pasadas.
Maldita sea, me demoré demasiado. Pensó Yowo, impotente, mientras veía el puerto a sólo unos metros. Sintió el impulso de saltar por la borda e ir nadando hasta la ciudad, reclamar a su tigre y adentrarse en los caminos aneitas hasta llegar a lo profundo de la selva, pero no lo iba a hacer. Tenía que llegar con Xyrna, su ayuda sería invaluable. No debí haber descuidado así mi mazmorra.
Algo le decía que todo ello lo había provocado el maldito Hunn. Yowo lo había observado desde lejos antes de empezar la invasión, y sabía que tarde o temprano se convertiría en un problema. Pero nunca pensó que lo hiciera tan pronto.
—?Hay alguna forma de que aparezcamos allí de inmediato?— Le dijo a Xyrna.
La elfa pareció salir de su trance. Sus ojos dejaron de brillar y volvieron a su esmeralda normal.
—Los elfos tenemos muchos poderes, mi se?ora, pero me temo que la teletransportación no está en nuestro arsenal.
—Tal vez la haya. —dijo una voz ronca a sus espaldas.
Vog, el lancero, había aparecido a su lado sin previo aviso. Sólo un elfo poderoso como aquel podría acercarse lo suficiente a Yowo sin que ésta se percatara.
—?De qué hablas?
—Puedo crear un portal, aunque quedaré tan débil como un bebé de brazos. Tardaré meses en recuperar mis poderes. — La voz del elfo oscuro sonaba siniestra.
—Sí lo haces, te juro que no encontraré en mi vida medios para pagarte. Tendrás mi favor, y el de todos mis aliados.
—Necesitaremos maná. Bastante.
Yowo miró en dirección a donde estaba el capitán gritando órdenes.
—Eso no será un problema. —respondió ella.
***
Ludan dejó de ver el rastro etéreo de color verde producido por el orbe de rastreo desde hacía dos días, lo que indicaba que ya estaban fuera de peligro. Sin duda los escuadrones y jinetes invasores a esas alturas ya estarían repartidos por todo el norte de Anen, y los buscaban con desesperación, pero el elfo y el vampiro eran demasiado listos para dejarse atrapar.
—Nos tienen que odiar con su vida. —había dicho Sarric. Era cierto.
Cuando ya los dos compa?eros no pudieron seguir escabulléndose en los campamentos enemigos debido a las constantes patrullas y al hecho de que era obvio que los klurzitas los esperaban con trampas, habían recurrido a la vieja estrategia de confundir al enemigo, mezclando realidad con ficción. Habían colocado letreros falsos en los caminos que conducían hacia las ciudades ixtalitas, de modo que los jinetes creyeran que estaban tomando los caminos adecuados, cuando en realidad estaban siendo enviados a los rincones más rurales y selváticos del país, donde sólo encontrarían fieras y mosquitos.
Para confundir a los enemigos aun más, habían colocado algunos letreros peque?os de aspecto rural en los caminos que sí conducían a los grandes centros urbanos, como hacia el que se dirigían en ese momento, y finalmente habían dejado algunas de las se?ales con aspecto citadino en los caminos que en efecto iban hacia las ciudades, y los de aspecto provinciano hacia los rincones más remotos.
—Deberíamos invertirlas de nuevo. —había dicho Ludan, pero el vampiro no había estado de acuerdo.
—Me extra?a que lo digas, mi milenario amigo. —había respondido su compa?ero de sangre fría.— Si hacemos eso, hasta los idiotas jinetes de las estepas sabrán que sólo tendrán que hacer lo contrario de lo que digan las se?ales. En cambio, si no saben cuáles son en efecto las verídicas, los pondremos a conocer cada rincón del hermoso país de Anen.
El elfo había concluído que era lo mejor, y en efecto, a juzgar por la ausencia de rastro etéreo que se manifestaba ante los dos mercenarios cuando los invasores andaban cerca, podía deducir que estos seguían perdidos explorando el país, lejos de los centros de poder, y sobretodo de Panxian, la ciudad que sus mecenas habitaban, y desde la que intentaban sabotear por todos los medios la invasión enemiga. En ese momento el sol de media tarde brillaba sobre sus cabezas, a medida que trotaban sobre sus monturas con parsimonia por el campo.
No tenían ningún afán, sobretodo sabiendo que sus artima?as habían retrasado en gran medida a los enemigos, y que las ciudades aneitas seguían a salvo de enemigos, por lo menos mientras el concilio de magos podía maniobrar hasta recuperar lo que quedaba de los ejércitos que habían partido hacia el sur, hacia la invasión de Ixtal.
A pesar de su avance mesurado, los compa?eros conocían tan bien aquel país, que no pasó mucho antes de que vieran a lo lejos la gigantesca roca sobre la que buena parte de Panxian estaba asentada.
Ludan sostenía las riendas de su corcel para que no corriera demasiado y permitir al alce de su compa?ero vampiro seguirle el ritmo. Su compa?ero llevaba varias horas sin hablar, lo que era normal en él con el sol brillando en lo alto. Aunque el Orbe Profano le permitía resistir cualquier tipo de da?o por sus brillantes rayos, su naturaleza seguía siendo la de un ser nocturno.
Mientras observaba la parte trasera de la cota ligera de su compa?ero, cuyos extremos hacían juego con los anchos y hoscos cuernos del alce que montaba, Ludan se dio cuenta que de nuevo estaba sintiendo el vacío interior que lo había atormentado durante las últimas semanas.
Todo por una chica, siempre es una chica. Pensó con rabia, mientras avanzaba por el camino irregular que llevaba a Panxian, a través de sus colinas boscosas.
Aunque mantenía a raya al demonio interior que lo acosaba gracias a los rezos destinados a su diosa, Ludan presentía que algo estaba a punto de ocurrir respecto al amor perdido.
—De alguna forma siento que me voy a encontrar con ella. Es como si cada vez estuviera más cerca. —Le había dicho a Sarric dos noches antes, mientras cenaban en un claro en lo profundo de la noche.
—Ya es hora de que la superes.— había dicho el vampiro, masticando la carne cruda con indiferencia, con las comisuras de sus labios llenas de sangre. —Tu mente te la pide a gritos, y por supuesto que crees que la verás en cada rincón, como en tus… pesadillas. Pero es hora de seguir adelante hermano, de verdad.
—Soy viejo como tú, Sarric. Los elfos podemos distinguir cuando lo que nos atormenta es un capricho, y cuando es un presentimiento.
El vampiro se había limitado a encogerse de hombros.
—En ese caso alista tu espada, o tu montura. Matarla o huir de ella son las únicas opciones que tienes, si es que quieres que el demonio que te atormenta no termine de enloquecerte.
Ludan de verdad intentaba ignorar aquel vacío creciente en el pecho, pero era demasiado para él. Mientras veía a su taciturno compa?ero trotar sobre el enorme alce, supo que tenía razón. Debía erradicar aquel demonio en su interior. ?Pero cómo?
Poco antes de que terminara de anochecer, los dos compa?eros llegaron a Panxian. Entraron por el camino interior, y pronto empezaron a sortear el camino que ascendía hacia la torre principal. Aunque había mucho movimiento aquel día en la urbe, los dos conocían bien sus intrincados callejones, y no tardaron mucho en llegar a la entrada principal del castillo.
Después de dejar las monturas en los establos principales de la fortaleza, fueron conducidos por los mozos hasta la terraza exterior, donde el viento salado de la costa golpeaba sus rostros con ligereza.
Una moza atractiva les llevó cerveza espumada, mientras esperaban al mismísimo Maege Lororin.
El sabor de la bebida supo a gloria después de pasar meses en el frío país de Ilar, y semanas en los selváticos caminos de Anen, siempre con los jinetes klurzitas al acecho. Ludan recordó el misterioso ataque de las arpías que habían recibido allí mismo antes de partir a su aventura. En ese momento, la terraza lucía perfectamente arreglada, con las mesas de ébano bien dispuestas y las antorchas brillando ante el atardecer, sin ningún rastro del ataque.
?Quién les habría enviado ese cobarde ataque? Todos los acontecimientos de los últimos tiempos eran muy confusos.
De pronto apareció el archimago frente a ellos, con su túnica morada del Concilio sin arrugas, y su barba blanca larga y magnífica.
—Bien hallados, mis se?ores.— les dijo, mientras se sentaba. —Espero que mis ayudantes los hayan recibido bien, en especial por la gran labor que han hecho por el país.
El vampiro hizo una leve reverencia.
—Mejor que la última vez. —dijo, con una sonrisa en el rostro. —Es broma, mi se?or, todos los trabajadores de este castillo hacen un trabajo magnífico.
El mago sonrió con su habitual aspecto paternal.
—Como ustedes, mis queridos se?ores. He recibido el reporte de su trabajo, y es asombroso. El ejército enemigo no puede estar más disperso, y perdido. Parece que han estado haciendo sus travesuras con suma efectividad.
Ludan agradeció el elogio con una leve reverencia, mientras el vampiro hacía lo propio.
—Digamos que les hemos puesto las cosas difíciles. —dijo, mientras sorbía su cerveza de nuevo. —Pero tarde o temprano encontrarán el camino hasta aquí. ?Si ha servido de algo el tiempo que le hemos comprado, mi se?or?
—Hasta cierto punto, sí, pero no del todo. Aunque las defensas de Panxian están listas para aguantar un asedio de a?os, nuestro querido emperador no ha querido retirar las fuerzas de Ixtul.
—Pero eso es bueno, ?no? Quiero decir, dado que no está del todo en nuestro… bando.
—No lo es del todo, mi buen se?or. —respondió el mago. —Aunque lo que estoy por revelarles es un problema para los confundidos jinetes que vienen hacia el interior del país, también lo es para nosotros… y nuestros designios.
Ludan no entendía. Si el objetivo del Concilio y del emperador era detener a los klurzitas, ?cómo podrían los mercenarios y sus jefes salir perdiendo?
—Me temo que el emperador tiene un arma que nos borrará a todos del mapa de una ráfaga. Una ardiente ráfaga.
El vampiro miró al elfo con complicidad. Había llegado la hora de salir de aquel lugar, antes de que fuera demasiado tarde.

