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Las entrañas de Anen.

  —Mi se?or, ya hemos localizado la capital de los aneitas, la que los lugare?os llaman Dalux.

  El mensajero se había bajado de su caballo, y seguía jadeando, pero lucía satisfecho de haber entregado el mensaje al fin.

  Meten, que en ese momento estaba montado en su semental negro, su preferido, le había dicho que se levantara y fueran a dar un paseo por los alrededores del campamento. Por fin sería rico. Por fin accedería al tesoro que haría de él un ser inmortal. Ahora sólo quedaba avanzar.

  —?Se están reuniendo ya las tropas?

  Como el emisario había recuperado un poco el aire, hablaba con más confianza.

  —Sí mi se?or. Vienen para acá a toda prisa, pero muchos hombres tardarán. Los lugare?os han colocado se?ales falsas por todo el país, y muchos de los nuestros se han confundido y han cabalgado hacia áreas remotas. Aún así, es cuestión de tiempo para que nos encuentren.

  Meten asintió, satisfecho.

  A lo lejos las altas arboledas brillaban bajo el sol de la tarde, mientras el camino ancho por el que el líder estepario avanzaba levantaba polvo tras los cascos de las monturas. A su alrededor, varios guardaespaldas custodiaban a su líder, pero manteniéndose a una distancia prudente para no escuchar su conversación.

  Aunque el calor seguía siendo una molestia, las lluvias habían bajado, y los caminos por fin eran transitables. La suerte estaba cambiando a su favor. Pese a que muchos de sus escuadrones seguían en lugares aislados de Anen, era cuestión de tiempo para que recogieran sus pasos y se encontraran en el centro del país, donde su rica capital los esperaba. Además, no había reportes recientes de muertes nocturnas en sus filas. Los fantasmas que asolaban a sus hombres desde las sombras habían desaparecido al fin, dejando a los klurzitas continuar con su campa?a de destrucción.

  Los nómadas, si bien respetaban las densas selvas que se hacían más numerosas a medida que avanzaban hacia el sur, habían continuado con la típica devastación que solían implementar en todos los países sedentarios que se disponían a invadir: exterminio de aldeanos y quema generalizada de sus campos de cultivo, destrucción de molinos, graneros e infraestructura en general, así como el envenenamiento de pozos y robo o masacre del ganado, según lo que cada jefe de tropa decidiera conveniente en el momento del asalto.

  La agricultura es su condena, mis se?ores. Pensó Meten. Si bien los klurzitas tenían que lidiar con el constante movimiento de sus pueblos según el capricho del clima en la estepa, no estaban anclados a un sitio fijo, lo que los salvaba del triste destino de sus enemigos: ser un blanco grande y fácil. Además, sus filas no estaban compuestas de campesinos torpes ni de los hombres amanerados de las ciudades, sino de guerreros en potencia que sabían montar a caballo distancias descomunales, disparar un arco a galope y combatir cuerpo a cuerpo cuando era necesario. Eran hombres de verdad. Un nuevo país que conoce la masculinidad pura a través de la destrucción, pensó. Tarde o temprano se levantarán como un pueblo de verdad.

  Meten se sentía como uno de esos chamanes o sacerdotes que iban de pueblo en pueblo llevando mensajes de conversión. Ellos usaban las palabras para la necesaria transformación de sus posibles adeptos. Su vehículo, en cambio, eran las flechas y las espadas. Sólo así aprenden de verdad.

  —Has hecho un buen trabajo, soldado. Ahora puedes ir a descansar. Ma?ana partiremos al alba. Díselo a tus compa?eros.

  —Sí, se?or.

  El mensajero se alejó a galope hasta el campamento. Su montura, a pesar de haber recorrido a toda velocidad los intransitables caminos de aquel valle semi selvático, parecía intacta. Tenemos la mejor caballería del mundo, sin un ápice de duda. Yo soy el jinete y guerrero más fuerte entre los míos. Cuando sea inmortal, seré imparable.

  —Entonces deja de so?ar, y ponte a trabajar.

  Allí estaba la molesta voz en su cabeza de nuevo.

  —Esta vez ni siquiera tú podrás cambiar mi humor, anciano. Los hombres de verdad superamos los malos tiempos con templanza y nos preparamos para los buenos con los brazos abiertos.

  —No estoy diciendo lo contrario, pero en lugar de seguir con tus enso?aciones, deberías estar analizando tu ataque final, después de todo, Dalux no es poca cosa.

  Aunque la voz del alma que habitaba en la espada de Meten, y en su cabeza, intentaba sonar neutral, lo cierto era que la emoción vibraba en ella. Es un tipo tan sanguinario como yo, ávido de sangre y destrucción, pensó, me pregunto cómo actuaría si pudiera encarnar el cuerpo de alguno de mis fornidos hombres. Tarde o temprano terminaríamos matándonos. No, yo lo mataría. Mi poder es superior al de cualquiera.

  A pesar de su confianza, Meten tiró de las riendas de su semental y se dirigió hacia el campamento. Una vez en su tienda principal, desplegó el mapa de la capital imperial sobre la mesa de madera.

  Dalux era una urbe descomunal asentada sobre un gran lago, que comunicaba sus distintos distritos con puentes de piedra y obsidiana, según el reporte de los lugare?os. En la mitad se alzaba una gran pirámide, rodeada por una ciudadela fortificada que podría aguantar meses, sino a?os de asedios incluso después de que el resto de la ciudad cayera en manos de invasores.

  Meten comprendió con un vacío en el pecho que era un lugar del todo en su contra. Si bien sus jinetes combatían como nadie en campo abierto, e incluso en bosques y selvas como las que infestaban aquel país, asediar ciudades no era su fuerte. Si a eso le a?adían una con agua en sus extremos las cosas se complicaban. Sus chamanes recelaban aquel elemento como al más taimado de los demonios.

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  Pero los grandes conquistadores eran quienes superaban obstáculos que no habían enfrentado antes.

  —Así es. —dijo la voz en su cabeza. —Parece que estar tanto tiempo conmigo te está volviendo alguien listo, por fin. La inteligencia de seres pensantes como los humanos o los elfos, es la herramienta que permite superar problemas nuevos y prosperar.

  —?Problemas como estar atrapado en un pedazo de hojalata?

  La pulla pareció funcionar, pues el mago que habitaba su espada se limitó a guardar silencio. Meten había descubierto que su punto débil era el hecho de ser un prisionero, alguien del todo dependiente.

  Pero vencer el ingenio del mago muerto que le hablaba cada vez que tenía su espada cerca no cambiaba el hecho que un asedio abierto a Dalux era una estratagema complicadísima, que podría aniquilar buena parte de sus tropas.

  A pesar de ello, el líder estepario analizó los campos cultivados que rodeaban la capital, y que sufrirían el mismo destino que los poblados del norte del país en los siguientes días. Si no podía penetrar sus murallas, entonces los mataría de hambre, aunque tardara a?os.

  Pero tiempo es precisamente lo que no tengo. Recordó con temor. Tendré que negociar, o aparentar hacerlo, mientras mis huestes siguen avanzando hacia el sur y descubren otros puntos débiles del imperio.

  Aquí era donde la inteligencia y la creatividad de las que hablaba su espada debían entrar en juego. Tendría que adaptarse a las circunstancias actuales.

  —Los problemas no hacen más que aumentar tu inteligencia, mi se?or. Deberías estar agradecido de que no todo sea tan fácil. — Aquella voz lo perturbó de nuevo. Meten ya se estaba hartando.

  —Odio que sigas interrumpiendo mis pensamientos. De hecho, odio tener a alguien que los lee. Estás haciendo méritos para que te deje enterrado en el barro, viejo granuja, sellando así tu destino.

  Una carcajada resonó en mitad de su cráneo.

  —Y el tuyo. —dijo la voz en su mente. —Sabes que dependes del todo de mí para lograr tus objetivos. Nuestra sociedad es interdependiente del todo.

  El general estepario comenzó a caminar alrededor de la tienda para reorganizar sus ideas, y a pesar del estallido de cólera que amenazaba con someterlo, se contuvo y habló en voz baja. Las habladurías en el campamento de que el jefe se estaba volviendo loco ya se estaban esparciendo demasiado para su gusto.

  —Eso es lo que tú me quieres hacer creer, viejo loco. Pero estoy por pensar que tu estrategia es hacerme creer eso y llevarme a una trampa.

  —Si no es por mí, la profecía de tu muerte ya se habría cumplido, tú mejor que nadie lo sabes. Mis consejos estratégicos son los que te mantienen con vida, y los que están a punto de darte acceso a la eterna juventud. Tú y yo seremos imparables… juntos. Solo necesito que sobrevivas, o tal como dices, quedaré relegado a esta espada por el resto de mis días, y alguien menos… competente podría hacerse con ella.

  El maldito viejo está jugando conmigo. Pensó Meten, sombrío. Ahora busca aumentar mi ego para que no lo deseche.

  —Dame una buena razón para no deshacerme de ti. Sabes que hay muchas espadas igual de efectivas a la hora de asesinar… y más silenciosas.

  —Es cierto, pero ninguna de ellas te ayudará a conquistar Dalux. Comprende: tengo el conocimiento de cientos de a?os vividos en mi cabeza, y todo ese conocimiento se perderá si resuelves deshacerte de mí.

  —Eso es lo que tú alardeas, pero apenas sé de tu trasfondo. ?Qué te hace tan bueno como dices?

  La voz en su mente suspiró. Pero Meten percibió que estaba ávida de contar su historia.

  —Durante varios siglos dominé una ciudad peque?a, fea y pantanosa, que sin embargo se convirtió en un imperio global… hasta que una maldición que mis enemigos lograron arrojar sobre mí de forma traicionera y cobarde me relegó a esta arma.

  —?Cómo se puede controlar el mundo desde un lugar como aquel?

  —Con las estrategias adecuadas, las mismas que te están llevando a ti al corazón del imperio más poderoso de estos tiempos.

  —?De estos tiempos? ?Hace cuanto viviste en el cuerpo de un hombre, según los cuentos con los que me intentas embaucar?

  Aunque Meten tenía la fija vista en el mapa de la región en la que se habían adentrado sus hombres, lo cierto era que su mente estaba inmersa en la historia que su espada, encerrada en la vaina al otro lado de su carpa, le estaba contando.

  —Tres mil a?os. Un poco más.

  —Vaya… es un largo tiempo para estar encerrado en un frío pedazo de metal.

  —Lo es, aunque la reflexión incesante puede otorgar muchos beneficios, como una inteligencia sobrenatural.

  —?Por qué terminaste así?

  —Ya te lo he dicho… fui traicionado, y he de decirlo, me despisté un poco… pero desde entonces mi conocimiento no ha parado de crecer, y ese conocimiento será ahora tu poder, si decides usarlo con sabiduría.

  Meten no sabía en qué creer. Por un lado, lo que el viejo mago le decía hasta el momento era cierto: sus consejos lo tenían a punto de desmantelar un poderoso imperio, y sobretodo, lo mantenían vivo, a pesar de la nefasta profecía sobre su muerte… pero por otro, lo estaba enviando a un terreno muy peligroso. Los aneitas habían sometido a muchos países bajo su yugo, y no se rendirían tan fácil, en especial contra un ejército poco apto para asediar su capital.

  —?Y qué pasó con tu.. ciudad, y el supuesto imperio que levantaste?

  —Con el tiempo desapareció, pero dejó bien sentados los cimientos para el mundo en el que vives ahora. Aunque tú y tus hombres conocen poco de los anchos mares que rodean el mundo, pues siempre han cabalgado sobre su infinita estepa y los valles a su alrededor, pero lo cierto es que éstos han sido el principal enlace de los distintos pueblos y razas que habitan el mundo.

  —?Y cómo es que un viejo hechicero en un pantano se pudo hacer con ellos?

  —Estrategia, mi se?or. Tu estrategia, como bien pensaste hace un rato, se basa en la destrucción y la política de la espada… la mía era el comercio y la de las leyes justas. Otorgábamos a los marineros la posibilidad de crear empresas poderosas, a cambio de intereses justos, y juntos prosperamos… hasta que llegaron los orcos y arrasaron con todo. Fue entonces cuando logré salvar mi alma, y dejarla en esta espada. Tanto conocimiento simplemente no se podía perder.

  —?Tanto conocimiento?

  —Así es, joven se?or. No te puedes llegar a imaginar la cantidad de libros y pergaminos que absorbí en esos tiempos, además de las vivencias de un gobernante efectivo a través del tiempo.

  Meten podía intuir que lo que aquella voz le decía era cierto, aunque no llegaba a comprender cómo unos simples pergaminos podían otorgar un poder tan grande, como para transgredir los principios del tiempo. él apenas sabía leer, y siempre había controlado a los hombres a través del ejemplo y la justicia, así como del temor y la fuerza. Pero de algún modo sus palabras lo atraían como la miel.

  —?Y de qué te sirvieron tus libros? Ahora dependes de un pastor venido a más. — El caudillo klurzita se sentía orgulloso de sus orígenes humildes. Todos los buenos guerreros de la estepa, en algún punto se habían dedicado a la simple cría de caballos y a las labores más humildes. Eran hombres íntegros tanto en la batalla como fuera de ella.

  —Sigo vivo. Además, puedo usar el conocimiento adquirido para hacer crecer a quienes me rodean. Eso es lo que hace a un hombre grande, mi se?or de las estepas.

  —?Cómo sé que no me estás enga?ando? Tus palabras tienen sentido, pero tanto poder puede intimidar. Creo que lo mejor será deshacerme de ti, antes de que alguien más pueda obtener un poder tan grande.

  —Si eres lo suficientemente listo, tú mantendrás este poder ahora que está en tus manos. Así te asegurarás de que nadie más lo obtenga.

  Es cierto, suspiró Meten. Ya veremos, anciano, Por ahora te mantendré en mis manos, pero cuando llegue el tiempo, me libraré de ti, como de un caballo viejo e inservible.

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