Leye despertó por un estruendo grotesco. Su conciencia se elevó sobre su mazmorra, o lo que quedaba de ella, y se fijó en el lugar donde había ocurrido el sonido, uno de los muros laterales de la fortaleza.
Con un alivio constató que no era una brecha, sólo la caída de una de las capas de mármol que cubrían la fachada de la muralla producida por el martillo de guerra de un aneita.
Los enemigos ahora rodeaban la fortaleza por todas partes, y el grueso de sus tropas se apilaba como un enjambre de hormigas en la entrada del castillo, donde también los defensores, al otro lado de la muralla, se habían concentrado para rechazar con vigor las escaleras que los aneitas intentaban anclar en las almenas.
Pese a lo nefasto del panorama, Leye estaba tranquilo. Este nuevo reinicio lo había dejado fresco, y ahora sentía que podía hacer frente a las circunstancias con más claridad.
Los enemigos han arrasado todo mi poblado, y ahora rodean mi último bastión como un mar enfurecido haría con un velero en el piélago, pero algo me dice que la situación se puede revertir. Pensó, mientras oleadas de maná salían de la roca en la que estaba atrapada su conciencia.
Muy cerca de su cuerpo, un agonizante Vidul seguía lanzando sus mermados hechizos de sanación a Naya, que permanecía inconsciente. En lo alto de la torre central, Nilu y Zar Quar peleaban cuerpo a cuerpo con los pocos aneitas que lograban alcanzar la almena, y los rechazaban con su espada y su mazo. Aunque eran pocos los invasores que llegaban tan lejos, cada vez más lo intentaban, a medida que los agotados defensores se internaban en el fondo de la fortaleza para recuperar fuerzas.
El fornido líder de los enemigos los animaba a seguir escalando la estructura, mientras él mismo golpeaba las puertas del fortín con su espadón, acompa?ado de sus robustos guerreros, que presionaban con sus martillos para que las puertas de madera cedieran por fin.
Por dentro de la puerta principal, Illaqu Urku, el jinete de llama no muerto que había traído Nilu tras una de sus incursiones en los portales, resistía junto a un contingente de ixtalitas para que la puerta no flaqueara, conteniendo con estacas de madera y estatuas de mármol con forma de serpiente las puertas para hacer presión.
Todo luce tan mal, y aún así siento esta perturbadora tranquilidad, ?por qué?
Leye no entendía, pero una absoluta certeza de que todo iba a cambiar de un momento a otro lo abrumaba. Seguía prisionero en su cuerpo de piedra, y sus aliados estaban a punto de morir a manos de un ejército sanguinario, pero él sabía que aquel asedio sólo estaba precipitando lo inevitable. Había vivido el tiempo suficiente para crecer, lo sabía, y ya era demasiado tarde para sus frenéticos competidores.
No has vivido en vano, madre, pensó, con un júbilo de alegría en sus rocosas entra?as. Uno de tus hijos llegará a la edad adulta.
Pensó en su madre, pero no sentía su presencia por ninguna parte, aunque no podía estar lejos. Sabía que tenía que estar en algún punto cercano, a punto de ver como los martillos enemigos convertirían su huevo en un escombro de piedras.
Volvió a centrar su conciencia en la batalla a las afueras del castillo. Su visión había quedado muy reducida, prácticamente al interior de la fortaleza y sus inmediaciones, en las que sólo se veían los implacables guerreros aneitas luchando por penetrar. Todavía podía ver lo que pasaba en algunos árboles cercanos, pero eran visiones aisladas, separadas por una niebla densa y oscura, como estrellas en medio del negro vacío del firmamento infinito, desde las que alcanzaba a distinguir la espaldas anchas de los invasores, y algunas torres, que no habían sido destruídas en los límites de la mazmorra.
Todo había quedado reducido a ruinas humeantes: el coliseo, los pozos de maná y las chozas que iban a estar destinadas para que los futuros pobladores que ya no llegarían.
El resto del mundo se había convertido en una niebla eterna. Sabía que más allá se extendían cientos de leguas de selva, y más allá, un país arrasado por la guerra. Un mundo que ya no llegaría a ver.
Pero la tranquilidad seguía en lo más profundo de su ser. Esta vez no se trataba de ninguna visión. Era una seguridad que iba más allá de sus circunstancias actuales. Un pensamiento enviado por el conocimiento ancestral que le había sido proveído en el momento de su nacimiento impregnó su conciencia.
Los seres inteligentes podemos ver más allá de nuestro momento presente, ver el panorama completo que le es negado a los animales, seres inferiores que viven en un eterno ahora.
Ya fuera un depredador como un tigre, o una inocente gacela, ambos animales sólo podían ver el pedazo de bosque que los rodeaba en ese instante. Por supuesto que los dos animales podían rastrear alimento mediante sus sentidos, ya fueran unos ojos sagaces o un olfato avezado, pero no podían planificar sus acciones en las subsiguientes semanas o días. Un ser pensante, ya fuera un humano o un dios, sí que podía planear su acción, e incluso su inacción, con el fin de obtener un beneficio a largo plazo, lo que el plan decretara. Era lo que los elfos llamaban en sus viejos relatos determinación y disciplina.
De algún modo Leye supo que tanta destrucción a su alrededor era necesaria. Dale a un hombre el paraíso y lo destruirá. No le des nada y lo construirá.
De pronto reconoció a su madre, que se había transmutado en un arquero ixtalita en una de las torres rezagadas en las fronteras del poblado. Le hablaba a los otros tiradores a su alrededor con firmeza.
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—Debemos resistir. ?Mientras el castillo no caiga, tenemos esperanza!
Pero lo cierto era que los martillos aneitas estaban haciendo lo suyo. Las paredes laterales de la fortaleza, donde había menos defensores, estaban comenzando a ceder ante los golpes. Leye supo que era cuestión de tiempo para que los enemigos la infestaran como un virus.
El enorme edificio tenía una intrincada red de pasillos que los aneitas tardarían en sortear, pero a la postre llegarían hasta la amplia cámara en la que él reposaba, y entonces lo destruirían, tomando todo su maná para sí.
También encontrarían al agotado arcano que pugnaba por salvar a su compa?era, y a la propia arquera inconsciente. Ambos serían pasto del fragor depredador de los norte?os.
Su confianza seguía intacta, pero los hechos luchaban por turbarla. El enorme líder de los enemigos, el gigantón de la espada de piedra, había conseguido escalar la almena donde los defensores se apilaban. Casi al instante Nilu y Zar Quar, los únicos guerreros capaces de hacer frente al hombretón, habían caído sobre él con implacables gritos de batalla.
Pero a pesar del vigor con el que lo habían confrontado, el enemigo se las estaba arreglando para resistir a los dos con su espada larga y su escudo torre. Más que eso: los estaba empujando hacia el interior del fortín.
Donde uno de los dos caiga, estaré perdido. Supo entonces. Por primera vez desde su despertar, el miedo comenzó a invadir su conciencia.
No tuvo mucho tiempo para pensar en ello, sin embargo. De pronto sintió una energía abrumadora de forma repentina. Un poder que ya había sentido antes, un poder extra?amente familiar, aunque no del todo bienvenido. O tal vez sí, pero sólo en una situación como aquella.
Yowo.
Era imposible que la sintiera tan cerca y de improvisto. Tendría que haber percibido su energía cuando se estaba empezando a acercar muchas leguas atrás. Sin embargo, la sentía allí mismo, en el propio poblado arrasado. Entonces transportó su conciencia hacia ella, y comenzó a ver todo a través de sus ojos. La mujer estaba en los mismísimos lindes de la mazmorra selvática, y veía los escombros de los edificios destruídos a su alrededor, con su espada desenfundada. A lo lejos, entre el polvo levantado por la refriega, se podía distinguir el castillo, donde estaba su propio cuerpo rocoso.
Entonces el núcleo no supo si alegrarse o aterrarse. El bando que la mujer tomara sellaría su destino. Para bien o para mal, Yowo había regresado.
***
Kulad por fin había tenido un respiro. Aunque los heridos no paraban de llegar a la carpa que los aneitas habían improvisado, eran cada vez menos.
Los defensores se habían replegado en el único edificio que seguía en pie en el poblado selvático, el castillo, y parecía que no iban a durar mucho. Los martillos estaban destrozando los muros laterales, y las puertas principales del edificio ya estaban a punto de ceder. Hunn, el tirano, había conseguido subir a las almenas, y los defensores no lo habían logrado repeler, lo que había dejado paso para que las escaleras de los atacantes se anclaran con facilidad a la muralla exterior. La batalla estaba decidida.
Ante esta visión, las esperanzas del tritón se esfumaron.
Seguiré siendo el esclavo de estos carniceros por el resto de mis días. Pensó con un suspiro, mientras terminaba de sanar a un guerrero acorazado con sus hechizos sanadores.
—Buen trabajo. —le dijo el robusto guardia a su cargo. —Ya casi podrás darte un merecido descanso, pescadito.
A lo que le entregó un jinete de jaguar que había sido alcanzado en el brazo derecho por la flecha de un defensor.
Mientras comenzaba a sanarlo, Kulad vio un destello muy cerca del lugar donde se encontraba. Habría pensado que se trataba de otra de las explosiones ocasionadas por la batalla, pero entonces comenzó a sentir un poder descomunal, una presencia poco común. Algo extra?o había ocurrido. El guardia también lo pareció sentir, porque tomó con celo su martillo con las dos manos, y comenzó a mirar en todas las direcciones.
De pronto, una humana con el cabello negro y recogido en una cola, pasó corriendo muy cerca de ellos, con una espada larga en la mano. De algún modo el tritón supo que aquella dama era la portadora de la abrumadora energía. Tenía facciones similares a las de sus captores: piel blanca y una contextura alta. Una aneita, supo. Aquel poder decantaría la batalla a favor de los invasores en cuestión de minutos. Al menos no tendría que sanar más soldados.
Sintió curiosidad del poder que la dama guerrera desplegaría en el castillo, pero se limitó a seguir curando al guerrero que tenía enfrente, antes de recibir otro latigazo por parte de su guardia. Mientras sus manos comenzaban a lanzar ondas de luz sanadoras sobre la herida del aneita, sin embargo, se fijó en que el guardia apenas le prestaba atención. Tenía la vista fija en el lugar por el que la espadachina había pasado corriendo.
De pronto, una hermosa mujer apareció de la nada, y con movimientos de felina, se ubicó detrás del guardia, y le rajó el cuello con su espada larga antes de que este pudiera reaccionar.
No es una mujer, es una elfa. Constató Kulad, al fijarse en sus orejas puntiagudas, y su hermosura, muy superior a la de cualquier humana.
Pero su belleza contrastaba con su habilidad guerrera, y su sa?a. La mujer llegó hasta el propio Kulad, y sin miramientos, asesinó al guerrero que este se disponía a sanar, atravesando la espada en su cráneo. La punta de acero salió por la quijada del guerrero, que emitió un berrido de cerdo antes de morir.
El tritón se puso en paz con los suyos, pues sabía que le esperaba el mismo destino que los dos aneitas, pero de pronto la elfa, con el ce?o fruncido y la espada apuntando a su pecho le habló.
—Tú eres un curandero, ?no es así? —dijo en un tono que no admitía silencio ni un no por respuesta.
—Sí, mi se?ora.
—Muy bien, sígueme, o te ocurrirá lo mismo que a este.
Kulad se puso en pie de inmediato, y siguió a la chica hasta unos arbustos cercanos a su carpa, en los límites de la fortaleza, sin que los aneitas alrededor lo notaran.
Entre la maleza, otro elfo, pero de piel más pálida y aura de rufián descansaba junto a una roca. Su aspecto era tan lamentable, que el tritón pensó tras un primer vistazo que se trataba de un no muerto. Pero a juzgar por los fuertes sollozos, parecía vivo.
La chica se volvió hacia él, colocando su espada con suavidad sobre su garganta.
—Te encargarás de que mi compa?ero sobreviva, o tú sufrirás su mismo destino, y el de los otros aneitas.
Sin esperar réplica, la elfa se fue con un salto largo hacia el castillo, por la misma ruta que tomara la misteriosa aneita.
El elfo miró a Kulad con un gesto de súplica en los ojos. Tenía una lanza larga a su lado, pero a juzgar por su aspecto, no podría ni siquiera tomarla.
Será mejor hacer lo que me dicen. Sólo espero que no sea tarde. Aunque la muerte no es una mala opción, después de todo. Entonces comenzó a sanar al elfo con sus rayos, que casi al instante perdió el conocimiento.

