Las alas del dragón se agitaban sobre Dalux con majestuosidad. Era un día claro y el cielo estaba abierto, sin una sola nube. Un día perfecto para volar, pensó el emperador.
La capital aneita se alzaba a sus pies como una joya brillante en medio de un mundo verde, con sus distritos rocosos unidos entre sí por los puentes de piedra que habían erigido los fundadores originales dos mil a?os atrás, cuando las aldeas se habían cansado de las inundaciones que amenazaban sus lanchas comerciales.
Es tan magnífica, como la bestia sobre la que voy montado. Pensó Valtorius, con una oleada de orgullo en el pecho. única en su especie.
Con las riendas que los ingenieros habían adaptado a la bestia, el emperador aneita arreó al gigantesco reptil para que empezara a dar vueltas en círculo sobre la ciudad. Sabía que los aldeanos lo observaban con una mezcla de fascinación y terror. El animal volador había sido domesticado. El arma de guerra más poderosa del mundo.
En cuanto los ingenieros habían preparado el trono alado, un armazón dorsal anclado a la espalda de la fiera que le permitía al jinete montar con seguridad, los primeros planeos que Valtorius se había limitado a dar habían sido sobre la Pirámide Central. Pero tal como le había dicho el mago que le había dado vida a Nahum, el dragón se había mostrado dócil desde el primer momento, y respondía a los movimientos de las riendas como si fuera la más sencilla de las máquinas.
A medida que los días pasaban, el emperador se había atrevido a volar cada vez más alto… y lejos. Había observado con sus propios ojos las lejanas tierras del sur, el país que sus hombres hasta el momento no habían conseguido conquistar, y los brillantes portales que surgían a su alrededor, brotando como las flores en primavera. Ixtul… era tan peque?o, tan patético. Parecía mentira que sus fuerzas no lo hubiesen podido conquistar hasta ese momento.
Después había dado un paseo por su propio país. Al norte la devastación era palpable: cientos de aldeas y ciudades peque?as arrasadas hasta los cimientos, como si el paso de un huracán aconteciera sólo unos minutos antes. Pero no era ninguna fuerza natural la que había creado tantos problemas, eran los klurzitas, oportunistas carro?eros que habían aprovechado que el grueso de las huestes aneitas habían partido al sur.
Mientras seguía planeando sobre Dalux, podía sentir las escamas rojas de Nahum bajo los estribos giroscópicos. La piel tosca de la bestia irradiaba un constante calor tolerable, que el viento ayudaba a soportar.
Ahora que había volado una docena de veces, ya se sentía seguro para hacer su primera incursión, aunque no sabía por dónde empezar. Tantos enemigos, y todos serán borrados de una bocanada. Pensó, con la adrenalina invadiendo sus entra?as, mientras seguía volando en círculos sobre la gran urbe.
Esa ma?ana, mientras el monstruo era alimentado con una docena de bueyes y corderos en la mazmorra de la pirámide, el emperador había recibido en su despacho principal en lo alto de la torre los habituales informes por parte de su sobrina, Jontana. La dama había entrado ataviada en un vestido azul crema ajustado, que resaltaba sus anchas caderas… y pechos. Aunque era su propia sobrina, Valtorius había sentido una oleada de lujuria al verla. Sabía que esa atracción era tanto por su cuerpo como su inteligencia. Un hijo de ellos dos podría propagar los genes de la familia por generaciones, controlando el creciente imperio. Se sorprendió de un pensamiento tan corrupto, incluso para un hombre que tenía a su disposición a las mujeres más bellas de todo el continente… pero él seguía siendo un hombre.
—Alteza, los nómadas siguen arrasando el norte, y apenas tenemos tropas para contenerlos. A estas alturas están sólo a días de nuestra ciudad.
La mujer lucía aterrada, pero el emperador apenas se había inmutado.
—Cambia ese gesto, querida. Ya habrá tiempo para encargarnos de ellos. Continúa.
Ella lo miró con desconcierto, pero hizo como decía.
—Nuestros informantes han confirmado la traición del Concilio de Magos de Panxian. Los… honorables hechiceros de las Costas Orientales han estado infiltrando espías en todas las ciudades para provocar una revuelta generalizada, aunque con los constantes ataques de los klurzitas, los Se?ores apenas los han escuchado. Están demasiado aterrados para hacer ningún movimiento.
—Serán castigados debidamente a su tiempo. Por ahora tenemos que hacernos cargo de los invasores en nuestro territorio… y de la invasión en el Sur. ?Qué reportes han llegado de Ixtul?
La mujer suspiró, aunque el emperador percibió su irritación, no sintió la misma emoción. Sólo una leve excitación ante lo bella que se veía consternada.
—Nuestros ejércitos han sido diezmados por los lugare?os, ahora que han dejado de llegar suministros desde el mar. Sólo queda un contingente fuerte, pero se ha perdido en lo profundo de las selvas meridionales.
El emperador pensó en su dragón con satisfacción. De no ser por la fiera… no tendría modo de defenderse de sus enemigos, multiplicados como una plaga. Apenas contaba con tropas, pero ya no las necesitaba.
He cometido demasiados errores en el pasado, pero eso ya no ocurrirá. Había pensado. Entonces se había levantado de su trono y había tomado a su sobrina por los hombros.
—No te preocupes, mi querida Jontana. Iré ahora mismo a encargarme uno a uno de nuestros enemigos. Volaré un rato para decidir cuál de ellos debe caer primero.
—Mi se?or, los jinetes del norte avanzan muy rápido, tal vez el fuego de la bestia los debería arrasar en primer lugar.
—Ya lo decidiré. Por lo pronto dejaré la ciudad en tus manos. Estoy seguro de que te las podrás arreglar sin mí unas cuantas horas. Tal vez un par de días. Mantén todo en orden mientras tu tío regresa.
Una vez que la bestia había estado lista, se había elevado a los cielos. Mientras seguía sobrevolando la ciudad, a cada vez mayor altura, comenzó a sopesar las posibilidades.
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Los jinetes seguirán avanzando, pero cuando lleguen a Dalux, se van a estancar. Dedujo, mientras el viento del medio día golpeaba su rostro. No tienen máquinas de asedio, y los muros de la ciudad los detendrán unos cuantos meses en el mejor de los casos. Tengo tiempo de sobra para lidiar con aquella peste. Mis fuerzas en el sur, en cambio…
Sabía que sus escuadrones estaban desplegados por todo Ixtul, sin un centro firme pero esparcidos por todos los rincones del selvático país, atacando aldeas y portales para hacerse con sus riquezas, y evitando los ataques cobardes de los lugare?os desde la incesante maleza. Poco a poco los reagruparía… aunque estaba aquella gran tropa en el lejano sur. Algo muy atrayente tenía que haber allí para que se hubiesen internado hasta un lugar tan agreste. Tenía que rescatarlos antes de que fuera tarde, y averiguar qué era lo que buscaban.
Sí, definitivamente iré a la selva. Me tomará sólo un par de horas más de vuelo. Pensó. Después regresaría al norte, para encargarse sistemáticamente de sus enemigos: las pocas ciudades ixtalitas que seguían en pie, los traidores hechiceros de Panxian, cuya roca al lado del mar reduciría a cenizas, y finalmente los molestos nómadas, que exterminaría para alimentar con sus caballos a la bestia.
Apretó con fuerza las piernas, y el dragón lanzó una llamarada por su boca. El emperador sintió el calor, y su frente se perló de sudor.
Ahora verán lo que ocurre cuando enfrentan el poder más grande del mundo. Sólo tenían que haberse rendido, pero ya es tarde para eso. Conocerán mi fuego eterno.
Controlando las riendas, dirigió al dragón hacia el sur. A lo lejos se veían algunas nubes negras, pero la lluvia, e incluso una tormenta eléctrica, no serían problemas para aquel semental de los cielos.
Ha llegado tu momento, Ixtul. Tu nombre será borrado de la historia, recordada sólo como otra región anexada a mi imperio. Ahora destruiré tus ciudades, las poblaré con aneitas, y saquearé hasta el último de sus portales. Ha llegado la hora de dise?ar este mundo a mi manera. Pensó, mientras el dragón tomaba velocidad.
***
Yowo llegó hasta la retaguardia de los aneitas con saltos amplios en cuestión de segundos. Mis paisanos, pensó, mientras pasaba a través de los escuadrones como una pantera humana.
A lo lejos se veía con claridad el castillo, y varios combates en lo alto de las almenas, donde el general Hunn luchaba con su enorme mandoble y su escudo torre contra dos héroes, que apenas podían contenerlo.
A medida que se acercaba, los distinguió. La sabandija ixtalita y un fornido guerrero con rostro de jaguar. Ese no puede ser otro que Zar Quar. Pensó mientras corría. Había visto la notificación de su nacimiento y su posterior aumento de niveles en la interfaz, mientras navegaba con el gremio de piratas en altamar.
Alrededor del combate, varios aneitas ya habían conseguido escalar los altos muros de la fortaleza y luchaban cuerpo a cuerpo con varios ixtalitas, o mejor dicho, los acribillaban, con sus enormes martillos. Aunque desde las torres altas de la fortaleza varios arqueros seguían disparando, apenas causaban heridas de menor grado entre los invasores, acorazados hasta los dientes.
Espero que no sea tarde.
A medida que se acercaba a la fortaleza, Yowo sintió las miradas de sus paisanos. Muchos de ellos la reconocieron al instante. Era obvio, cualquier miliciano aneita sabría quién era ella, una de las mejores luchadoras del ejército imperial, pero la miraban con celo.
Era probable que muchos de ellos supieran ya de su traición, pero por suerte nadie hizo ademán de cortar su avance. Entonces supo que tenía pocos segundos para atravesar aquella enorme masa de músculos y armaduras antes de que empezaran las acciones hostiles en su contra.
Muchos de ellos creen que sigo de su lado, pensó. Si bien era cierto que había desaparecido por un buen tiempo, desde que asesinara al idiota de Orec, nadie sabía con certeza que había combatido a los piratas que suministraban alimento a los suyos.
Pero aunque lo supieran, no la podrían parar. Se sentía ligera, y lo comprobó cuando de dos largos saltos llegó a hasta la parte alta de una de las escaleras ancladas al muro, y tumbó al acorazado que en ese momento subía por ella con una patada en la cara.
El pobre infeliz cayó casi seis metros, y murió con el cuello roto.
?Cómo es que he saltado a tal altura? Pensó mientras corría hacia Hunn y Nilu, ahora a pocos pasos. Debe ser la adrenalina. Estoy a punto de perder mi tesoro.
Con un rápido vistazo al campo de batalla, vio que Xyrna venía tras ella, esquivando con velocidad a los escuadrones aneitas a su alrededor. Sabía que pronto encontraría la forma de escalar la muralla, pero no tenía tiempo para esperarla. El gigantesco Hunn era un hueso mucho más difícil de roer que Orec.
Intentó usar el factor sorpresa a su favor para caer sobre el general aneita, y con algo de suerte matarlo al instante, pero su llegada a la almena había causado un gran alboroto, y no pasó mucho para que el hombretón viera con sus propios ojos a Yowo corriendo hacia él, espada en mano.
Pudo haber llegado más rápido, pero los soldados de ambos bandos la comenzaron a atacar, los defensores ixtalitas pensando que era otra aneita más, y los atacantes imperiales conscientes de que era una traidora, después de ver cómo arrojaba a su compa?ero por los aires.
Pero Yowo había entrado en estado de flujo, y ya nadie podría separarla de su presa. Con un saltó y un grito de batalla propio de una diosa, la guerra saltó sobre Hunn, que detuvo la estocada con relativa sencillez, después de despachar a Nilu contra una pared de una patada en el pecho.
—Vaya, pero si es la puta traidora. —dijo el tipo con una enorme carcajada, que redujo la confianza de la guerrera considerablemente. —No sabes cuánto llevo esperándote. Aquí tengo mi espada para que la veas más de cerca.
—Más puta será tu madre, maldito cerdo.
Dieron varias estocadas por un buen rato, pero sin duda aquel era el guerrero más poderoso que la espadachina había enfrentado.
Predecía cada uno de sus ataques, aunque algunos tajos ágiles de Yowo conseguían acertar, lo cierto era que el hombretón era una masa de hierro impenetrable. Tendría que ser demasiado precisa para batirlo.
Por suerte el tipo era lento, y los ataques de su enorme mandoble eran fáciles de esquivar. Sin embargo, la guerrera pronto se vio perdiendo terreno, y con rápidas miradas a su alrededor se dio cuenta que cada vez más aneitas estaban llegando a lo alto del muro. Era cuestión de tiempo para que cayeran sobre ella. Entonces estaría perdida. No podría contener a aquel gigante si era atacada desde más puntos.
Una peque?a ventana de esperanza surgió en ella cuando Zar Quar, el guerrero jaguar, llegó por detrás y dio un golpe con su mazo a Hunn. El hombretón estuvo a punto de perder el equilibrio, pero se consiguió estabilizar. Por primera vez Yowo lo vio irritado. Intentó sorprenderlo con un rápido movimiento, pero este lo detuvo con su espada como un muro de piedra. La rechazó casi con facilidad, y se volteó ante el antropomorfo.
—Ahora sí has logrado sacarme de mis cabales, gatito. Ha llegado tu hora.
Tras decir esto, levantó el mandoble con una velocidad impropia para un arma de tal tama?o. Zar Quar alzó su mazo robusto para detenerlo, pero la fuerza del golpe fue tal que lo partió en dos. Y siguió su curso. En un movimiento reflejo el hijo de Leye intentó esquivar el ataque, pero no fue tan rápido. El espadazo cayó de plano sobre su cuello, y desprendió al instante la cabeza de su cuerpo, que fue a parar a algún lugar en la parte baja de la muralla.
Entonces Hunn se volvió hacia Yowo.
—No te preocupes, mu?eca. Tú no sufrirás el mismo destino que este idiota. A ti te mantendré atada a mi cama por un buen tiempo. Te voy a usar como mi zorra personal hasta que me aburra, antes de enviarte al infierno.

