Merdu observaba la gigantesca urbe sobre el lago Taxan desde lo alto de la Pirámide Imperial. Sus ojos de águila podían ver incluso los peque?os peces coral y los peces depredador que se movían en lo profundo de las aguas verdosas, indiferentes a los recientes acontecimientos del mundo, nadando de forma plácida en su ecosistema miniatura.
Más allá, el sol brillaba en lo alto, una tarde abierta y brillante. Una de las mejores épocas del a?o en Anen, pensó el dios emplumado. Las incesantes lluvias de mitad de a?o que llevaba observando desde eones por fin habían pasado, dando paso a la época de cosechas abundantes en el país. Pero este a?o, las cosas no tenían la mejor pinta. Todas esas cosechas para las que cientos de aldeanos se habían estado preparando para recolectar estaban cayendo en manos de los saqueadores de la estepa, guerreros implacables e hijos de los siniestros dioses chamánicos del norte que se habían extinguido tanto tiempo atrás.
Aquellos primos lejanos de Merdu habían sucumbido al inevitable paso del tiempo, pero sus humildes sucesores humanos se habían convertido en una fuerza implacable, hordas masivas que combatían de forma sincronizada y aterradora, cuyos escrúpulos habían desaparecido después de siglos de guerras mezquinas entre sí por los escasos recursos de su mundo, y que los había convertido en máquinas carro?eras desproporcionadas. En un país abundante como Anen, aquellos seres podrían prosperar con la facilidad con la que un jaguar triunfaría en medio de una dócil manada de antílopes.
El dios águila observó por enésima vez aquella ma?ana a las primeras huestes enemigas que se habían apostado a las afueras de la gran ciudad durante la noche anterior. Los escuadrones klurzitas estaban compuestos de pura caballería, pero no jinetes ordinarios, como los que habían aparecido en su país pocos siglos atrás tras la incorporación definitiva del caballo en la milicia, sino montadores curtidos cuyas piernas estaban deformadas por pasar su vida más sobre el lomo de una bestia que a pie. Sus prendas estaban compuestas principalmente de lana y cuero, pero lo que les faltaba en las armaduras que sí tenían los jinetes aneitas, les sobraba en pericia y habilidad para combatir con sus arcos y sables curvos.
Merdu se acercó al balcón del jardín en el último piso de la pirámide, y tomó el barandal de basalto pulido para inspeccionar con sus ojos a los cada vez más numerosos enemigos plantados a las afueras de la urbe.
Los jinetes llevaban ya varias horas cabalgando de un lugar para otro en los lindes de Dalux, sopesando sus defensas con sus voraces ojos negros y rasgados. Sus vestimentas eran el ápice del pragmatismo: túnicas largas y cruzadas, hechas de lana gruesa para soportar las heladas temperaturas de su mundo, botas de cuero y pantalones del mismo material para pasar horas y hasta días sobre los caballos sin rozaduras.
Los colores de sus prendas eran apagados y sobrios como su humor y su estilo de vida: marrón, ocre oscuro, negro y azul apagado.
Mientras los observaba, Merdu pensó en las duras prácticas habituales de la estepa profunda que denotaban aquellos jinetes, y pensó que así debieron haber sido las deidades que los habían creado tantos milenios atrás. Mis tíos y primos muertos. Pensó, intentando imaginar su aspecto, algo del todo imposible para un dios contemporáneo.
Los dioses morían, sí, pero antes de hacerlo, intentaban dejar su huella en aquel mundo implacable y despiadado. En ese aspecto, sus ancestrales semejantes de la estepa habían hecho un buen trabajo sin ninguna duda, y la prueba definitiva de ello era aquella arrolladora fuerza que ahora se plantaba a las afueras de su mismísima ciudad.
Mi hermana también ha muerto, pensó, mientras se fijaba ahora en los ciudadanos de Dalux, que a pesar de la repentina presencia de invasores seguían con sus rutinas, enfocadas sobretodo al comercio, atravesando los puentes de un distrito a otro para llevar sus mercancías y obtener un beneficio a cambio en oro, aunque el nerviosismo por el inminente asedio enemigo era palpable, como una entidad viva materializada en los rápidos movimientos de los daluxcitas, como si estos quisieran obtener ganancias y bienes cuanto antes y esconderse en sus casas para no salir jamás. Incluso los elfos, seres mucho más reflexivos y controlados que los humanos, parecían nerviosos. Merdu llevaba toda la ma?ana observándolos con especial atención mientras caminaban por los intrincados caminos. Sus ojos de halcón le permitía observarlos como si los tuviera enfrente. Los bellos seres provenientes otro lado del mar se habían convertido en una presencia generalizada en casi todas las ciudades de Naxtul desde que acabaran las guerras élficas siglos atrás, en especial por su efectividad a la hora de mantener a raya a los orcos, goblins y otras alima?as de agua salada. Pero hasta ellos sabían que las hordas de la estepa eran un caso aparte.
Merdu había sentido la ausencia de la energía de la diosa Tlaloc varias horas atrás, poco después de que Valtorius partiera al sur a lomos de su dragón descomunal.
Aquello no puede presagiar nada bueno, pensó el dios ave, que en ese momento estaba parado en el jardín abierto más alto de la Pirámide Central, transmutado en su forma humanoide, un robusto cuerpo de guerrero humano de más de dos metros de altura, pero con la orgullosa forma de águila en su cabeza y el cuerpo del todo emplumado. Desde allí tenía una visión general de la ciudad más grande de Naxtul, así como de la enorme estructura alrededor de la pirámide, un castillo doble rodeado a su vez por una ciudadela fortificada infestada de torres de guardia.
Aquella enorme masa de bloques sería impenetrable por aquellos jinetes esteparios, que si bien eran imbatibles en terreno abierto, no tenían nada que hacer con una ciudad envuelta en murallas. Las pocas armas de asedio con las que contaban como onagros de corto alcance y arietes endebles con techos de acero oxidado y sin punta de hierro, serían del todo inútiles contra las torres y el murallón exterior de Dalux. Pero con aquellas hienas humanas nunca se sabía. Volvió a pensar en su hermana y su repentina energía ausente.
Las serpientes son demasiado listas para morir en vano. Lo sé porque las aves también provenimos de los reptiles. Siguió pensando el dios mientras veía las cada vez más numerosas tropas enemigas apostándose a las afueras de la ciudad a medida que seguían llegando del campo desde distintas direcciones. Sólo hay dos formas para que un dios muera: un asesinato efectuado por otra deidad, o un sacrificio autoimpuesto para dar todo su maná a otra entidad, que por lo general suele ser un huevo o reto?o propio. Es probable que este haya sido el caso, ya que no hay más dioses dominantes en los países circundantes que hayan podido apagar su prolongada vida. ?Pero por qué lo ha hecho? Es una decisión demasiado precipitada.
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—Tu presencia aquí es muy tranquilizante, Gran Se?or. —dijo la dulce voz de una mujer a sus espaldas. Era Jontana, la sobrina de Valtorius, quien había quedado a cargo de la ciudad desde que el propio emperador partiera al sur sobre Nahum, la bestia voladora. —De algún modo es un buen presagio ante las temibles circunstancias que nos aquejan.
—Lo superaremos, hija mía. Nuestra ciudad cuenta con recursos para resistir varios a?os de asedio, y aquellos jinetes no se pueden permitir un asedio tan prolongado. Tarde o temprano recibiremos ayuda de alguno de nuestros países aliados.
Merdu quería confiar en sus propias palabras, pero lo cierto era que no estaba del todo seguro. En los últimos a?os, Dalux había dominado a sus países subsidiarios con mano dura, creando muchos resentimientos. Incluso algunos de los propios aneitas ya eran de poco fiar, como los traidores de Panxian, la ciudad sobre la roca. Cuando el dios águila todavía era un joven que conocía poco del mundo, y Anen no era más que una selva inhabitable, recordaba cómo la enorme piedra había caído del cielo en una de sus costas. Nunca se imaginó que aquel lugar pudiera crear una ciudad próspera de comerciantes marítimos. Sin embargo, había apostado uno de sus huevos núcleo allí, y había probado ser una decisión inteligente… hasta hace un par de siglos, cuando un grupo de magos demasiado listos para su gusto había resuelto dejar de rendirle culto. Ahora no sólo eran unos rebeldes declarados contra su dios creador, sino que estaban conspirando contra la propia Dalux, yendo en contra de los designios del emperador. Merdu les había enviado hacía poco un ataque de arpías para dar escarmiento, pero había sido del todo rechazado, lo que demostraba el poder que aquellos hechiceros habían alcanzado. Cuando todo esto termine, y Valtorius vuelva, se las verán conmigo. Los destruiré, pero por ahora debo encargarme de estos malditos jinetes.
—Espero que así sea, se?or Merdu. Pero lo cierto es que últimamente he visto un comportamiento muy extra?o en mi tío, el emperador. Sus ojos denotan decisiones impulsivas poco usuales en él. Es como si la edad estuviera nublando sus sentidos, y su desmedida ambición opacara su razón. Eso o está siendo poseído por una entidad del todo extra?a.
—Confiemos en que todo vaya bien, mi se?ora. Después de todo, ahora cuenta con un arma mucho más poderosa que la de cualquiera de sus enemigos.
La bella dama, suspiró. Es tan hermosa, más que ninguna de mis descendientes, pensó el dios, orgulloso.
—No lo sé, mi dios. Tu mismo eres una deidad de la guerra, y mi conocimiento es nimio al lado tuyo… pero un buen guerrero estratega se vale más de su pericia que de sus sofisticadas herramientas a la hora de superar a sus contrincantes… y es precisamente lo que mi tío ha dejado de hacer hace varios a?os, embriagado por su descomunal poder. Ha desaprovechado sus poderosos ejércitos, y ahora me temo que aquella bestia que ha creado de forma tan precipitada pueda obrar en su contra… y en la nuestra.
El propio Merdu había pensado en ello también. Se sentía satisfecho de que la dama que ahora llevaba las riendas de la ciudad y del imperio fuera lo suficientemente lista para leer lo que estaba ocurriendo… pero ello no cambiaba el hecho del problema en el que estaban metidos.
Los invasores estaban en las puertas de su mismísima ciudad, algo que jamás habría ocurrido bajo el mandato de Xemar, el padre de Valtorius, un hombre austero y con una visión mucho más amplia, que había expandido las fronteras del imperio gracias a sus sabias resoluciones. Entonces recordó que era el tiempo dando vueltas en círculos. Los hijos que han crecido en la opulencia suelen destruir lo que sus austeros padres han creado desde el barro. Era un patrón que había observado generación tras generación en su masiva granja humana, y sobre el que era muy difícil intervenir.
Aquella hermosa dama al frente suyo, sin embargo, parecía la antítesis de aquel patrón irrefutable. Como la mayoría de mujeres humanas, había madurado con una rapidez sorprendente, y controlaba el senado aneita con una facilidad sobrecogedora, anticipando los movimientos de cada uno de sus rivales políticos, incluyendo el propio emperador, a quien sabía persuadir con reformas útiles, rebasando la creciente soberbia con artima?as femeninas y difíciles de rastrear… Merdu se estremeció al pensar que una dama tan valiosa pudiera caer en manos del sanguinario líder de aquella horda maldita, fuera quien fuera. Pero viendo aquellos cada vez más numerosos jinetes obstruyendo los caminos que llevaban a las puertas de la ciudad, sabía que era perfectamente posible… e incluso lo más probable, si por algún motivo el emperador no regresaba con su dragón para aniquilar a aquella plaga con su fuego. Un líder depredador de Klurtz sólo podría ceder su sed de sangre y la de su ejército demoníaco ante una belleza como aquella después de una dura negociación.
Antes de aparecer frente a Jontana en la pirámide, el dios águila había volado sobre todo Anen en su forma de águila real por varios días, inspeccionando los destrozos que los klurzitas habían causado en el país. La mayoría de poblados intermedios y peque?os se habían convertido en un montón de escombros repletos de cadáveres que los animales carro?eros ya habrían convertido en esqueletos a esas alturas. Los campos cultivables habían sido del todo saqueados, y los jinetes invasores parecían estar por todas partes, si bien no eran tan numerosos como para abarcar una región tan extensa.
Son expertos en movilidad, y se han dividido con suma eficacia, había comprendido el dios, mientras sobrevolaba los fértiles valles de su arrasada granja humana con consternación, es increíble que un animal tan dócil como el caballo pueda ser usado para fines tan despiadados. Los humanos son bestias incontrolables una vez que tienen las herramientas adecuadas. Había pensado el dios. Los antiguos dioses espíritu de las estepas tenían que haber sido igual de sanguinarios en sus tiempos, para haber creado semejantes huestes. Ni siquiera los orcos alcanzan tales niveles de sevicia.
A pesar de la astucia con la que los escuadrones klurzitas se habían movido por el territorio aneita, muchas de sus tropas habían resultado en lugares demasiado remotos de forma inexplicable, como el desierto blanco de Kaor, o las costas del Fin del Viento. Pero a esas alturas era seguro que estarían a punto de llegar a las mismísimas puertas de Dalux, como muchos de sus colegas. Alguien lo suficientemente astuto para enga?ar a los klurzitas había actuado sin su conocimiento… pero aquello sólo había retrasado lo inevitable.
—Por ahora sólo podemos confiar en nuestras altas murallas y fingir sumisión. Estoy seguro que después de arrojar un par de flechas, ellos mismos pedirán negociar, lo que nos dará tiempo para esperar a que llegue tu tío y los arrase con su fuego.
—Si es que regresa, mi se?or padre de las corrientes del céfiro.
—Estoy seguro que lo hará, sólo tienes que confiar, hija mía.
La bella dama suspiró, mientras observaba el sol de la tarde empezar a descender, justo en el lugar donde las tropas enemigas eran más numerosas, con sus ojos miel reflejando la tarde de la colorida ciudad.
—Así lo hago, mi Gran Se?or, pero en caso de que no…
—En ese caso, alista tus más sofisticadas herramientas diplomáticas… y me refiero a todas.

