He llegado demasiado rápido, pensó el emperador, mientras sobrevolaba el extra?o poblado arrasado en lo profundo de la selva. Sus hombres habían hecho un buen trabajo. Todos los edificios habían sido arrasados hasta los cimientos, a excepción de un enorme castillo en medio de la intensa arboleda.
Sus huestes rodeaban la fortaleza como una marea enardecida haría con una nave en alta mar, intentando penetrar en el castillo por todos lados.
Ya lo han logrado, pensó, mientras veía una apertura en una de las paredes laterales. El dragón emitió un rugido que resonó en el bosque cercano, e hizo que todas las aves salieran despavoridas de los árboles cercanos. No era para menos. El gru?ido había sido emitido por Nahum con tal fuerza que incluso los soldados, aneitas e ixtalitas, se habían estremecido visiblemente, muchos de ellos fijándose en el repentino monstruo que había llegado al campo de batalla.
Ha llegado la hora de la acción, pensó el emperador, mientras se acercaba poco a poco al castillo de mármol, cuyas blancas paredes estaban manchadas por salitre y llenas de grietas allí donde sus hombres habían golpeado las paredes con sus martillos.
Valtorius jaló la cuerda de cuero que estimulaba al dragón para emitir una llamarada. La bestia dirigió su furioso aliento hacia una de las torres infestadas de arqueros, que comenzó a incendiarse. Muchos de los hombres optaron por arrojarse al vacío antes de soportar morir asados bajo el fuego masivo.
Esto es hermoso, pensó el emperador, mientras la sed de sangre invadía cada una de sus venas. Construcción a través de destrucción.
Las otras torres del fortín disparaban contra la bestia, con la remota esperanza de que alguna flecha alcanzara al jinete amparado en la cabina sobre el enorme lomo. Pero Valtorius condujo el dragón fuera del alcance de los insignificantes proyectiles.
Desde aquí arriba todo se ve con más claridad. Alrededor del castillo, muchos de sus hombres se habían alejado para que los escombros de la torre arrasada no cayeran sobre sus cabezas, pero muchos otros estaban demasiado enzarzados en el saqueo, y continuaron su avanzada hacia el interior de la fortaleza, ignorando el riesgo.
Tiene que haber algo de extremo valor pero allí adentro, ?pero qué? Valtorius comenzó a descender de nuevo, teniendo bien en cuenta mantener una distancia prudente de las torres, que en algún punto podían convertirse en un problema.
Una segunda bocanada de Nahum cayó de plano sobre la almena central de la muralla, donde el grueso de los defensores se había apilado. El fuego calcinó al instante a muchos de ellos, mientras otros comenzaban a correr envueltos en llamas hacia cualquier lugar.
Muchos de mis hombres también se queman, observó el emperador. Mala suerte. La curiosidad del emperador por saber qué había allí dentro era demasiado grande como para preocuparse por unos pocos de sus hombres, que morirían asados en sus gruesas armaduras sin ningún remedio. No pasó mucho para que las almenas del castillo selvático estuvieran arrasadas por las llamas. El emperador estaba en éxtasis. Habían pasado muchos siglos antes de que el mundo viera tal nivel de destrucción de forma instantánea, aunque fuera en un lugar remoto como aquel.
Pronto el fuego comenzó a extenderse por los árboles cercanos, creando un incendio generalizado. Es como jugar a ser un dios, pero al revés. Los dioses también podían llegar a ser crueles al extremo si las circunstancias los llevaban a ello.
El emperador decidió dar tiempo a las llamas se propagaran. Pronto se revelaría lo que su interior escondía. Mientras tanto, condujo a la bestia hacia una de las torres en los lindes del poblado que seguía en pie, infestadas de arqueros ixtalitas. Como odio a esta gente. Con llamas más moderadas, las puso a arder. Muchas flechas llovieron hacia el monstruo mientras se acercaba, pero las pocas que llegaban a acertar rebotaban contra su piel roja escamada. El emperador intentó percibir la perspectiva de los pobres arqueros locales, que ya no tendrían tiempo de abandonar sus peque?as fortalezas antes de que estas fueran absorbidas por las llamas. La visión de aquella monstruosidad roja que contrastaba con el verde de los alrededores tenía que ser una auténtica pesadilla.
No pasó mucho para que, con bocanadas moderadas del dragón, aquellas torres se derrumbaran del todo.
El emperador se elevó muy alto, para ver el poblado arrasado ahora casi hasta los cimientos. El castillo permanecía en pie, pero las llamas se habían propagado al punto de haber derrumbado todas sus torres vigía.
Ha llegado el momento de acabar con su sufrimiento.
—Vamos por ellos, peque?o. —le dijo al dragón, mientras acariciaba su lomo carrasposo.
La bestia bajó en picado hacia el centro del reducido valle boscoso. Cuando estuvo de nuevo cerca al castillo, jaló de nuevo de la rienda que estimulaba al dragón a escupir su aliento infernal.
Un torrencial chorro de fuego salió de la boca de la bestia cayendo sobre el fortín. Sus rocas laterales comenzaron a caer hacia los lados, mientras los guerreros aneitas e ixtalitas por igual huían despavoridos.
Explosiones interiores empezaron a propagarse por la edificación, que poco a poco comenzó a derrumbarse hacia los lados como una torre de naipes, revelando los pasillos interiores.
Support the creativity of authors by visiting the original site for this novel and more.
—Continúa, peque?o, haz lo tuyo. ?Para eso te traje a este mundo!
Valtorius podía sentir el éxtasis de la bestia que no cesaba de disparar el haz de fuego, empedernido.
Pronto el edificio fue historia, entonces el emperador soltó la rienda, y el dragón detuvo su aliento maldito.
Cuando el humo se disipó lo suficiente, pudo distinguir lo que había en el fondo. Una luz brillante y azulada se comenzó a revelar, allí donde el fuego no había conseguido hacer su trabajo destructivo.
El emperador aguzó su vista. Entonces vio con claridad lo que había allí. Un campo de energía. Tiene que ser muy poderoso para que mi fuego no lo haya perforado. Es hora de ponerlo a prueba de nuevo.
—?Vamos Nahum! ?Dispara!
La bestia de nuevo arrojó su fuedragón directo hacia el campo de energía, mientras el emperador distinguía lo que había en su interior. Un núcleo… ?Lo destruiré!
***
Vidul tenía sus manos extendidas hacia el cielo, mientras una vena se marcaba en su frente por el evidente esfuerzo.
Vamos ixtalita… aguanta. Pensó Yowo, mientras lo miraba con preocupación. El fuego afuera del campo energético que había generado alrededor de la cámara de Leye ahora era visible por todos los flancos. Si aquel campo de energía desaparecía por alguna razón… todos quedarían calcinados en el siguiente instante.
Pero el mago parecía esforzarse cada vez más. Aunque había recuperado su antiguo vigor, se estaba agotando de nuevo. Su frente estaba perlada en sudor, y después de permanecer de pie por un buen rato, se había tenido que arrodillar, aunque sus manos seguían extendidas mientras mantenía su mente del todo enfocada en el hechizo.
Yowo se consideraba una guerrera excepcional, y sus poderes se habían desbordado después de derrotar a Hunn en combate, pero en ese momento su habilidad era del todo impotente. Nada podrían hacer sus rápidos tajos frente a un arma tan letal como el fuego de un dragón. La enorme bestia de piel roja había aparecido en el campo de batalla de manera repentina. Sus avezados ojos le permitieron distinguir lo que parecía ser una cabina de monta en el lomo de la bestia, lo que indicaba que era controlada por algún jinete Aneita. Mientras se debatía en la almena para ver si hacía frente al nuevo enemigo, o si corría al interior de la fortaleza para protegerse, se preguntó por qué los aneitas se habían demorado tanto en usar un arma como aquella para dar fin a aquella conquista prolongada.
Mientras estaba en las líneas de sus coterráneos, jamás había escuchado de un ser como aquel con el que el emperador Valtorius podía contar… si bien había ciertos rumores de que el emperador tenía en lo profundo de la pirámide algunos huevos de dragón. Pero tendría que haber pasado mucho tiempo antes de que un huevo roto se convirtiera en semejante bestia, y muchos ojos habrían tenido que ver al animal mientras surcaba los cielos en su infancia y posterior juventud.
Pero nadie lo había visto. Mientras veía el fuego propagarse con cada vez más intensidad alrededor del campo energético, llegó a la conclusión de que simplemente había fuerzas que estaban fuera de su comprensión. Aquello apesta a treta mágica… sin duda alguno de los gremios de arcanos taimados que el emperador se esmeraba por esconder.
En ese momento más que nunca, deseó sobrevivir. Tras asesinar a Hunn, había accedido a su tercera rama de habilidades, unos orbes mágicos que le daban acceso a un mundo nuevo. A aquella rama mágica que tantos poderes contenía en su haber. Pero era poco probable que saliera de aquella situación. Jamás llegaría a conocer los verdaderos poderes de la magia, poderes que la iban a aniquilar como un simple insecto, junto a sus recientes compa?eros, y junto a aquel núcleo que había intentado hacer prosperar en las sombras.
—Ha sido un placer conocerte, hermana. Tú sola presencia me llenaba de poder. Habríamos conseguido muchas cosas juntas. Las cosas no deberían haber terminado así. —le dijo Xyrna. Aunque la elfa mantenía su voz tranquila, sus ojos denotaban un profundo temor a la muerte.
—Saldremos de esta, querida. Sólo debes confiar.
La elfa suspiró. Pero guardó silencio, mientras volvía a mirar al campo energético, cada vez más debilitado.
Aunque Yowo habría dado cualquier cosa por pasar su energía a Vidul para que aguantara, no podía. Sólo Leye, el núcleo principal, podía pasar su energía a los héroes vinculados a él. La roca no podía hablar, pero emitía rayos de energía verdosos a su alrededor, un claro indicio de desesperación. Naya, que por fin había vuelto a despertar de manera milagrosa gracias a los propios esfuerzos de Vidul, lucía tan asustada como los demás.
Tenía su arco bien dispuesto, pero sus flechas serían tan impotentes ante el fuego del dragón como los tajos de Yowo.
La aneita pensó en Nava’rel, que a esas alturas ya tendría que estar consumida por las llamas a las afueras del castillo. Solo habían conseguido llegar a la cámara central de Leye Nilu, y algunos ixtalitas, los más rápidos y suficientemente listos para haber sobrevivido a la destrucción del edificio, además de Yowo y la elfa. Vidul y Naya ya se encontraban allí cuando los demás habían llegado.
Vidul emitió un gru?ido, dando a entender que estaba al límite de sus fuerzas.
—?Vamos hermano, aguanta! —le dijo Nilu, visiblemente desesperado.—Aquella bestia no puede aguantar para siempre con su aliento maldito. En cuanto ceda, saldremos y lo destruiremos con las flechas de Naya.
Yowo quería creer en las palabra del ixtalita, pero era poco probable que aquello ocurriera. Aunque el dragón dejara de lanzar su fuego sobre la única barrera que los mantenía con vida, en cuanto desapareciera el campo energético, la enorme bestia sólo tendría que elevarse un poco sobre el cielo, mientras recuperaba sus fuerzas, y luego volvería a descender sobre ellos para exterminarlos. No había ningún lugar en leguas para ponerse a resguardo de un arma como aquella, el maldito fuego de un dragón. Las flechas de Naya le producirían un insignificante rasgu?o a su piel acorazada en el mejor de los casos.
Mi granja humana ha desaparecido, pensó Yowo. Había estado a punto de prosperar, pero ya era tarde. Si no hubiera estado tanto tiempo en altamar… no tenía caso arrepentirse. Cuando los dioses, y en especial la Voz del Mundo, decidían algo, los simples mortales, por poderosos que fueran, no podrían hacer nada al respecto.
—Lo siento, mis se?ores, ya no puedo aguantar más. de verdad lo siento…— la voz de Vidul lucía apagada, completamente impotente.
Yowo miró hacia arriba, donde el fuego del dragón seguía imponiéndose de forma implacable sobre el campo energético, amarillo sobre azul. Tuvo la remota esperanza de que el fuego cesara una vez que la barrera de Vidul desapareciera, pero el aliento de la bestia infinito.
Entonces el mago aliado bajó sus brazos, y la energía azulada que los había mantenido con vida hasta ese momento desapareció. El calor fue insoportable, un dolor masivo por toda la piel de Yowo se extendió… y luego la nada. La dulce nada.

